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Opinión| Tanta razón tiene Rita…

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  • La realidad que vivimos es solo la punta del iceberg de la violencia real, la profundamente arraigada, normalizada, tolerada y perpetuada.

Nuria Gabriela Hernández Abarca

SemMéxico/La Costilla Rota, Ciudad de México, 14 de julio del 2022.- Rita Segato hace una reflexión sobre “cómo la repetición de la violencia produce un efecto de normalización de un paisaje de la crueldad y, con esto, promueve en las personas los bajos umbrales de empatía indispensables para la empresa predadora.” Ella afirma que la crueldad habitual es directamente proporcional al aislamiento de los ciudadanos mediante su desensibilización al sufrimiento de los otros.

Ella señala a la pedagogía de la crueldad, como aquellos actos y prácticas que “enseñan, habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas, argumentando que estas pedagogías enseñan algo que va mucho más allá del matar, enseñan a matar de una muerte des ritualizada, de una muerte que deja apenas residuos en el lugar del difunto”.

Hemos dejado  a un lado el respeto por la otra o el otro, para dar paso a la individualización absoluta de nuestra realidad y nuestra necesidad, sin pensar en la colectividad, ni siquiera en la más cercana, ni siquiera en la más personal.

Reflejo de esta pedagogía es nuestra realidad, nuestra lamentable realidad, que ve pasar las horas en la normalización de múltiples homicidios y cientos de feminicidios en todo el país, donde no podemos esperar empatía o mínimamente respecto por la vida de los demás.

El problema es que esta pedagogía de la crueldad, esta introyectada en cada vez más personas a cada vez más temprana edad, niñez y adolescencia para el sicariato o la delincuencia, perdidas en un mundo de ilusión y promesas por un futuro que posiblemente no llegará y que sí tiene un alto costo, es lo que esta sociedad está construyendo, normalización a la violencia extrema, y al asesinato de mujeres es el resultado.

Lo que no estamos viendo, es que es una espiral sin fin, del cual no sé si no nos hemos dado cuenta hacia donde nos llevará.

La violencia que vivimos hoy, la que respiramos todos los días, es reflejo claro de este planteamiento de la realidad, hemos dejado a un lado como sociedad la capacidad de indignación y de asombro ante la violencia que vemos y que vivimos.

Cada vez más impersonal, nuestra sociedad ve como mueren cientos de personas todos los días y nos hemos acostumbrado a escuchar números y cifras, que dan cuenta de el fin del ciclo vital de alguien más, que mientras no sea una persona cercana sólo pasa por nuestra mente como una estadística. Dejando claro que como señalaba también Rita “Las cosas son más importantes que las personas y tratamos a las personas como cosas” (Rita Segato, 2018).

La realidad que vivimos es solo la punta del iceberg de la violencia real, la profundamente arraigada, normalizada, tolerada y perpetuada.

Al respecto Johan Galtung en su triángulo de la violencia nos dice que, esa que observamos, para él la violencia directa, es la más visible y se concreta con comportamientos y responde a actos de violencia; pero las violencias estructurales y culturales son las raíces que dan vida al gran problema, al de la normalización, y despersonalización de lo que, si no me pasa a mí, no me importa, sin ver que todo lo que le pasa al otro, también me repercute a mí por vivir en una misma sociedad.

El feminicidio y la trata de personas, ambos delitos cometidos contra mujeres por el hecho de ser mujeres, nos debe de hacer reflexionar que para erradicarlos tenemos que arrancar de raíz a estas dos últimas violencias.

No podemos esperar que esta realidad cambie si seguimos educando bajo la normalización de la crueldad y la violencia, no podemos esperar que las juventudes y la niñez no sientan como parte de su día a día el ver en la televisión crímenes deleznables como los ocurridos esta semana en Michoacán, donde sin pena alguna se les arrebata la vida a varias personas,  no podemos esperar que esto cambie si los feminicidios quedan impunes.

Hacia qué destino vamos caminando, cuando no podemos darle respuesta a las víctimas y a sus familiares, que sólo ven transcurrir el día a día sin respuestas ante su dolor. Aprender y descifrar el lenguaje de la violencia y el dolor parece ser la clave.

En este sentido señala Rita que “si el acto violento es entendido como mensaje y los crímenes se perciben orquestados en claro estilo responsorial, nos encontramos con una escena donde los actos de violencia se comportan como una lengua capaz de funcionar eficazmente para los entendidos, los avisados, los que la hablan, aun cuando no participen directamente en la acción enunciativa. Es por eso que, cuando un sistema de comunicación con un alfabeto violento se instala, es muy difícil desinstalarlo, eliminarlo”.

Por eso no podemos seguirnos acostumbrarnos a la violencia como forma de comunicación. A lo mejor no te has dado cuenta, pero segura estoy que todos los días hablas de algún caso de violencia o lo ves, o te lo cuentan, y sin ni siquiera darte cuenta, está siendo parte de tu memoria y de tu recuerdo, instalándose ahí como el lenguaje que pareciera estamos destinadas y destinados a escuchar y vivir.

Por eso hoy te reto a que te observes, y verás que la pedagogía de la crueldad, es una realidad de la cuál ni siquiera te has dado cuenta que eres parte.

SEM/MG

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