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Para saber| Brecha entre mujeres y hombres en el mundo de la Ciencia: México un desafío

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  • Los medios de comunicación y las redes sociales podrían ser un factor favorable para el futuro de las niñas y mujeres.
  • Aportaciones para conocer y discutir temas para las y los periodistas en la OEM.

Gabriela Ramírez Hernández*

SemMéxico, Ciudad de México, 27 de octubre del 2022.- A pesar de los notables avances logrados en las últimas décadas, todavía es muy reducido el número global de investigadoras mujeres en el campo de las ciencias. En julio de 2019 la tasa mundial promedio de investigadoras era de solo 29.3 % (Instituto de Estadística de la UNESCO), y la brecha se amplía cuanto mayor es el nivel alcanzado en el escalafón. De hecho, al día de hoy, solo el 3 por ciento de los Premios Nobel en ciencias ha sido otorgado a mujeres. En los campos de las STEM (Ciencias, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) esta brecha resulta evidente incluso en el nivel de la educación superior: solo el 35 por ciento de los estudiantes de carreras y programas del campo de las STEM son mujeres.

A pesar de la actual tendencia global hacia la paridad, con un aumento de la proporción de mujeres investigadoras, en regiones como Asia Oriental y el Pacífico y en Asia Meridional y Occidental los niveles de participación femenina se encuentran muy por debajo del 25 por ciento.

América Latina y el Caribe es una de las dos regiones que han alcanzado la paridad en la proporción de hombres y mujeres investigadores (aquí el 45 por ciento del total de investigadores son mujeres). Con todo, la segregación horizontal y vertical continúa siendo elevada: las mujeres investigadoras aún se encuentran subrepresentadas en los niveles más altos de las carreras profesionales y continúan siendo una minoría en muchos campos de las STEM en casi todos los países de la región.

Venezuela ya ha logrado atravesar el umbral de la paridad, con el 60 por ciento de mujeres investigadoras (ver Gráfico 4). Otros cinco países también están aproximándose al objetivo de cerrar la brecha de género: Costa Rica (42.8 %), Ecuador (41.1 %), Honduras (41 %), El Salvador (39.2 %), Bolivia (37.5 %) y Colombia (37.3 %). En Chile, México y Perú las mujeres todavía representan menos del 34 por ciento del total de investigadores.

Un estudio reciente de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI) también detecta segregación horizontal en términos de las publicaciones científicas: las mujeres solo publican el 38 por ciento de los artículos de ciencias físicas y químicas, y el 30 por ciento de los de ingeniería (OEI, 2018). Con respecto a la segregación vertical, un claro ejemplo proviene de la proporción de mujeres afiliadas a las academias nacionales de ciencias de la región.

Según la Red Interamericana de Academias de Ciencias (IANAS, por sus siglas en inglés), menos del 20 por ciento de los miembros son mujeres, con Panamá con la mayor proporción de miembros mujeres (alrededor del 40 %) y Bolivia con la menor (menos de 9 %).

La tasa es levemente mayor en las juntas directivas de estas organizaciones, donde la proporción de mujeres ronda el 27 por ciento. Por otro lado, en cuanto a las solicitudes internacionales de patentes, en la región existe una brecha de género al igual que a nivel global. Según los últimos datos de la OMPI, solo el 27.8 % de las patentes desarrolladas en la región incluyen al menos una mujer inventora, una tasa cercana a la media global (30.5 %). Esta brecha es incluso más marcada en países como Ecuador, donde solo el 9 por ciento de las patentes incluyen mujeres. Por otro lado, si bien en países como Barbados (35 %) y Argentina (32 %) la proporción de mujeres es mayor, esta se encuentra lejos de la paridad (OMPI, 2019).

De la misma manera, otros estudios sobre la región evidencian la existencia de profundas desigualdades e incluso de un retroceso en esta área. Según los datos de la Red de Indicadores de Ciencia y Tecnología Iberoamericana e Interamericana (RICYT), la proporción de investigadoras mujeres que trabajan en el ámbito de la ingeniería y la tecnología en la región es mucho menor que la de los hombres. En 2017, del total de investigadores en ingeniería y tecnología, solo el 36 por ciento eran mujeres en Uruguay; el 26 por ciento, en Colombia; el 24 por ciento, en Costa Rica; el 17 por ciento, en El Salvador; en Honduras el 21,5 por ciento; y en Bolivia y Perú alrededor del 19 por ciento.

Las mujeres también son minoría en el campo de la agricultura y las ciencias veterinarias, mientras que en la mayoría de los países tienden a estar sobrerrepresentadas en las ciencias médicas y de la salud mental, y en las ciencias sociales.

A menudo se afirma que las carreras profesionales en Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas STEM constituyen los empleos del futuro para fomentar el desarrollo sostenible: no solo para impulsar la innovación, sino también el bienestar social y el crecimiento inclusivo. Se espera que para el final del año 2020 más de 7,1 millones de empleos hayan sido desplazados, y que la mitad de los empleos actualmente existentes desaparezcan para 2050 (UIT, 2017). Diversas fuentes anticipan que hasta el 75 por ciento de los empleos estarán relacionados con el campo de las STEM (UNESCO, 2018).

Sin embargo, en todo el mundo solo el 22 por ciento de los profesionales que trabajan en el ámbito de la inteligencia artificial son mujeres (WEF, 2018).

La situación se torna incluso más crítica en el caso de los investigadores que se dedican al aprendizaje automatizado, de los cuales solo el 12 por ciento son mujeres. Si esta situación no se soluciona con rapidez la brecha de género en STEM se ampliará durante la Cuarta Revolución Industrial.

En América Latina, la mayoría de los países ha comenzado a implementar medidas para reducir la brecha de género en STEM. Políticas públicas, las estrategias y las normas sobre ciencia, género y educación están incorporando la igualdad de género en STEM revela que, especialmente en la última década, la importancia del tema está siendo cada vez más reconocida en la región y, por ende, está fomentándose de forma gradual a través de políticas públicas e incluyéndose en leyes, planes nacionales de ciencia, tecnología e innovación (CTI) y estrategias nacionales de desarrollo.

En los años recientes, la información recolectada muestra claramente que el número de intervenciones ha incrementado. Estas pueden clasificarse de acuerdo a sus objetivos y en función de los beneficiarios/as a los que se dirigen, y son pasibles de ser agrupadas en las siguientes áreas macro:

  • sensibilización y erradicación de estereotipos de género;
  • acciones para atraer a niñas y jóvenes al ámbito de las STEM;
  • desarrollo del potencial de las STEM;
  • apoyo a mujeres en carreras STEM;
  • programas específicos y comités interinstitucionales sobre género y STEM;
  • capacitación y fortalecimiento de mujeres emprendedoras en innovación y STEM

Avance qué reconocer, pero subsisten las brechas

A pesar de estos avances, todavía son numerosos los desafíos y las brechas existentes en los diferentes niveles educativos y a lo largo de las carreras profesionales de las mujeres en todos los países de la región. Estas brechas se observan en todas las etapas del ciclo vital, desde la escuela primaria hasta los más altos cargos en el ámbito de la investigación en STEM, y son una consecuencia de diferentes factores, desde los sociales y culturales hasta las políticas públicas existentes a diferentes niveles tanto en los gobiernos como en los organismos de financiación, las instituciones de educación superior y los centros de investigación. La mayoría de las actividades implementadas son esporádicas y de duración limitada, cuentan con presupuestos muy acotados, se centran en la reducción de la brecha de género en el campo de la ciencia, en lugar de abordar la especificidad de los campos STEM, y tienden a excluir a las mujeres rurales, a los padres, a los docentes y a los hombres.

La brecha de género en la educación STEM se advierte desde los primeros niveles educativos y aumenta a medida que se va avanzando. De hecho, los resultados de las evaluaciones PISA de 2015 muestran que las niñas pierden el interés en los temas relacionados con las STEM a medida que crecen.

Otro aspecto a considerar son los estereotipos de género, por los que se atribuyen capacidades diferentes o un nivel diferente de desarrollo a las niñas y los niños para desempeñarse en diferentes disciplinas (Cátedra Regional UNESCO Mujer Ciencia y Tecnología en América Latina, 2019).

Los medios de comunicación y las redes sociales también refuerzan esta idea de que las carreras en STEM no se adaptan a la vida familiar, dado que la típica imagen del científico en la mayoría de los programas de televisión es la de un hombre de gran inteligencia, blanco, soltero y sin hijos (Long, et al., 2010), lo que refuerza los estereotipos que desalientan a las niñas a ingresar al mundo de la ciencia y la tecnología.

Las mujeres también son objeto de prejuicios en los procesos de contratación, ascensos y compensación. Un estudio sobre la igualdad de género realizado por el Massachusetts Institute of Technology demostró que las mujeres que trabajan en campos STEM perciben salarios menores, son ascendidas con menos frecuencia y reciben menores recursos que los hombres.

En general, en comparación con los docentes hombres, las mujeres tienden a dedicar más tiempo a la enseñanza que a la investigación (Winslow, 2010), y, los hombres en STEM tienen más probabilidades que las mujeres de ascender hasta cargos de liderazgo, incluso en campos con cantidades aproximadamente iguales de hombres y mujeres (Diekman, Weisgram y Belanger, 2015).

Con respecto a la ciencia y a la tecnología en términos más amplios, se advierte que las diferencias y las desigualdades entre hombres y mujeres emergen en el transcurso de los estudios de postgrado, especialmente a nivel de doctorado (CEPAL, 2014a).

Entre las barreras que enfrentan las mujeres para el ingreso, desarrollo y permanencia en la carrera científica se destacan las siguientes:

• La conciliación trabajo y familia, especialmente la maternidad y el cuidado de las y los hijos, cuando este momento coincide con la incorporación de la mujer a la investigación.

• El predominio masculino en la estructura de poder de la ciencia, construcción androcéntrica que no valora de igual modo la producción de conocimiento generado por las mujeres.

• La permanencia de estereotipos de género arraigados en la comunidad académica y científica. Por otro lado, la dimensión de género no suele ser tenida en cuenta en la definición de prioridades, contenidos, proyectos, metodologías y uso de los resultados de la investigación, lo que impacta negativamente sobre la calidad y la relevancia de la investigación y la innovación.

*Texto leído por la autora en la sesión del Consejo Editorial de Género este 27 de octubre

SEM/MG

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