COLUMNASFlorencio Salazar Adame

Ruiz Massieu, 75 años

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Vivir y ser es para él hacer grandes cosas, producir obras de gran calibre.

José Ortega y Gasset

Florencio Salazar

SemMéxico. Chilpancingo, Guerrero. 28 de julio 2021.-  José Francisco Ruíz Massieu habría cumplido 75 años de vida el pasado 22 de julio. Su aniversario pasó inadvertido por dos motivos: declararse desierto el Concurso Anual de Ensayo Político que lleva su nombre (lo que seguramente él hubiera aprobado por el rigor académico que le caracterizaba), y por el cambio de semáforo de amarillo a naranja del Covid-19, en esta terrible tercera ola, peor a las dos anteriores. Sus ideas son vigentes y el tiempo –como a los clásicos– apreciará su justa dimensión.

Ruiz Massieu pensaba en la democracia profunda, como condición para reformular el pacto social, mejorar la operación de las instituciones, sustentar la justa distribución del ingreso y la defensa de la soberanía nacional. Temas concurrentes en sus reflexiones fueron la reforma del poder, la presidencia constitucional y el replanteamiento del liderazgo presidencial en el PRI (entonces en el poder), así como la presencia activa de la sociedad civil, el pluripartidismo y los procesos comiciales como eventos de civilidad política. Él militaba en la corriente de los entendimientos, sin menoscabo del debate, cuya expresión natural es la divergencia. De su análisis queda claro que el revolucionario genuino es el auténtico reformador.

De reconocida disciplina para el trabajo, sabía aprovechar el “tiempo político, recurso escaso y no renovable”. De ahí su exigencia en los resultados, su dureza ante la mediocridad y la torpeza, su gozo en las conversaciones inteligentes, su generosidad espontánea y su desdén a la frivolidad. Con mente abierta y oídos bien administrados, José Francisco se impuso límites: cuando algún orador lo llenaba de ditirambos, lo mismo que cuando acudía a eventos estériles, en vez de escuchar se ponía a escribir. Hizo productivos momentos áridos. Así surgieron proyectos, artículos, ensayos, notas para futuros libros; incluso escribió aforismos. No siempre fue inmune a los halagos, pero tampoco navegó en esas corrientes a placer.

Cuando algún conocido viajaba al extranjero, una sola era su petición: libros, libros, libros (derecho, ciencia política, memorias o biografías). Además, tenía su ágora. Con frecuencia sentaba a la mesa a políticos, líderes sindicales, intelectuales y periodistas, con quienes analizaba los temas del momento y su prospectiva. Este “hombre de palabra”, que hablaba “sin encogerse”, iniciaba las conversaciones con interrogantes, provocando comentarios, ideas, sugerencias, que él resumía con brillantez, concluyendo con una verdadera cátedra. Francamente impresionaba su intelecto.

 “Obligación del político –decía Ruiz Massieu– es la de ser optimista, porque el optimismo se expresa en la convicción de que puede haber tiempos mejores para una sociedad. Sólo un planteamiento optimista recluta a la masa ciudadana”, pero hay que aplicar como método, afirmaba también, “resolver los problemas tan pronto emerjan y preferentemente cuando su tamaño y complejidad permitan todavía un buen manejo. Hay quienes piensan que los problemas se resuelven solos. Mi experiencia como gobernador me hace no creer en eso. Creo que los problemas se deben resolver cuando se tiene conocimiento de ellos, para que después no crezcan ni concurran con otros, lo que impediría la toma de decisiones oportunas y eficaces”.

No sin malicia, propuso que las comisiones legislativas se abrieran a la participación ciudadana, que no es asunto menor, pues se evitaría la independencia de los legisladores respecto a los propios ciudadanos, por lo cual la aprobación de las leyes previamente tendría que someterse al consenso social. Tenía un pensamiento político amplio, constantemente actualizado y actuaba en consecuencia. ¿Qué sería de Guerrero sin la Autopista del Sol y el desarrollo de Punta Diamante en Acapulco? Las suyas eran ideas en acción.

Él era un clásico político weberiano. Estaba dotado de pasión, mesura y responsabilidad. Tenía pasión para exponer sus ideas dentro del poder y frente a la sociedad; mesura en el desempeño del quehacer político; y responsabilidad para ejercer el poder e identificar oportunidades. Decía a los políticos: “hay que tener fe, decisión, hay que tener lumbre, pero hay que tener también paciencia. Hay que tener pasión para servir y paciencia para esperar”. Por derecho propio pudo ser líder en una sociedad política donde la mayoría –seguidistas y trepadores– aspira a ser liderada; e ideólogo, en una comunidad con importantes guarismos huérfanos de ideas. Ese es nuestro problema: la llamada clase política –en las naturales excepciones– vive hacinada en la simulación, sin líderes, sin pensadores.

José Francisco Ruiz Massieu tenía un proyecto de vida y era un proyecto para México. Hombre de salud física, talento y voluntad, ocupaba el tiempo, su tiempo, en saber y hacer. Se preparó para vivir y era optimista de la vida. Aplicó la ingeniería a la política, repensaba el pasado, repasaba el presente, elaboraba pronósticos y advertía escenarios sobre el desenvolvimiento de la política nacional. Miraba al México del siglo XXI y se veía en él. Se aplicó en ser, sin registrar entre sus cuidados la perversidad que aniquila los ánimos mejor fincados. Ruiz Massieu fue victimado el 28 de septiembre de 1994, a las 9:30 horas, en las calles de Lafragua, al salir de una reunión con diputados electos priístas.

Ahí murió un teórico del rejuvenecimiento del proceso revolucionario mexicano, inmolado ante el Monumento a la Revolución.

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