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Vida y Lectura| FÁTIMA ZOHRA IMALAYÈNE

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Una historia que no debemos perdernos     

Marcela Eternod Arámburu

SemMéxico, Aguascalientes, 9 de abril, 2022.- Siempre me sorprende, aunque con la frecuencia que eso pasa ya no debería de sucederme, la fuerza que tienen nuestros estereotipos y la facilidad con la que nuestros prejuicios operan, provocando —la mayoría de las veces— que nuestras opiniones sean de lo más desacertadas y sesgadas. Mucho se puede decir de los orígenes de nuestra intolerancia cuando analizamos las preconcepciones y desmenuzamos nuestras creencias.

El hecho de que el conocimiento mundial se incrementa a una gran velocidad va de la mano con que nuestros conocimientos individuales son, día con día, mucho menores. Hay tantas áreas, temas, especialidades y problemas que resulta imposible estar al día. A lo más que podemos aspirar es a especializarnos en algo donde podamos adquirir cierta experticia.

Lo anterior viene a cuento porque, ignorante como soy de muchos temas, cayó en mis manos una de esas revistas de consultorio que hablaba de la independencia de Argelia y de la creación del “Frente de Liberación Nacional” en 1954. El contexto era que Francia —como acababa de perder sus territorios en la parte continental del sudeste asiático— estaba empeñada en no ceder ante las demandas argelinas de independencia.

La historia da cuenta del sangriento y cruel proceso de independencia de Argelia: la matanza de Philippeville (actualmente Skikda); la saña que mostraron los tristemente famosos regimientos de Zuavo; y las masacres que llevaron a cabo los Pies negros (europeos y sus descendientes que usaban botas negras a diferencia de los nativos), están ampliamente documentadas. Lo que llamó mi atención fue que se afirmaba que para iniciar la Batalla de Argel (septiembre de 1956) tres mujeres colocaron explosivos en distintos sitios, para que explotaran en forma simultánea, lo que inició la cruenta batalla.

Tres mujeres, 1956, Argelia, la Legión Extranjera, el ejército, los képis bleus. ¿Dónde quedaban mis preconcepciones? ¿Y mis prejuicios? ¿Las mujeres árabes como parte del grupo de rebeldes, en la lucha por la independencia? ¿Mujeres musulmanas, disciplinadas y organizadas, involucradas en la rebelión? ¡Mujeres participando activamente en la guerra de guerrillas! Mujeres contra los harkis. Qué sorpresa.

Una pequeña investigación en internet, una búsqueda de referencias, miles de menciones sobre los excesos de ambos bandos, cientos de alusiones a la contradicción de Francia como defensora de los derechos humanos en el mundo, masacrando a las y los argelinos. Detalladas descripciones de los inenarrables desentrañamientos, decapitaciones y lapidaciones de mujeres; asesinato de infantes, como en el siglo III antes de la era cristiana. Pero nada sobre la verdadera participación de las mujeres, salvo pequeñas menciones, algunas tan burdamente sesgadas como las del cine francés de los años setenta que a todas las consideraba malvadas terroristas (hay que recordar a las tres Djamilas). Otra vez, la invisibilización de las mujeres, ¿Solo los hombres liderearon, solo ellos participaron? ¿Y las mujeres rebeldes que armaron la red de espionaje, las que lucharon contra los pies negros y derrotaron varias veces a los gorros azules?

Afortunadamente, encontré la referencia de un libro: “La mujer sin sepultura” de Assia Djebar, considerada una de las mejores escritoras argelinas del siglo XX. Así, gracias a ese pequeño artículo que me dio algunas pistas, descubrí con la lectura de “La mujer sin sepultura” a dos mujeres impresionantes. La primera, Fátima Zohra Imalayène (1936-2015) que escribió con el nombre de Assia Djebar, entre otras muchas obras, una biografía novelada de la heroína desconocida de la independencia argelina, una mujer que tuvo una vida excepcional en muchos aspectos: Zulija Udai, y también una muerte dramática, fue ejecutada y no recibió una sepultura apropiada, porque su cuerpo se le negó a su familia, de ahí el título del libro. La segunda, Zulija Udai de quien no tenía ninguna referencia, y a quien Assia Djebar dibuja como una argelina instruida, independiente, atea, rebelde, libre pensadora, apasionada y comprometida con liberar a su país de los franceses.

Desde mi perspectiva, el encanto de esta novela radica en que Djebar construye la narración con base en los recuerdos que tienen otras mujeres de Zulija Udai. Se trata de sus hijas (Mina y Hania) a las que dejó cuando se unió a la guerrilla; su gran amiga Lionne, que reconstruye partes de su vida en común, habla de sus amores y de las redes de mujeres insurgentes; y su cuñada Zora que destaca su rebeldía, su totalmente atípico modo de ser, pero también su valentía. El otro componente atractivo en “La mujer sin sepultura”, es que la propia autora le da voz a Zulija Udai. Nada de lo que se pone en boca de la heroína insurgente tiene una fuente real, es la imaginación de la escritora y la compenetración con su contexto, lo que permite que la heroína tenga una voz firme y convincente en su biografía.

“La mujer sin sepultura” arroja su luz sobre ese lejano mundo africano y ayuda a entender que las etiquetas —muchas veces— limitan nuestros conocimientos, que los prejuicios impiden ver las otras historias, y que las mujeres, en todos lados, son complejas, diversas y plurales. “La mujer sin sepultura” hace, una vez más, posible esa visibilización de las mujeres que tanto trabajo cuesta, pero que permite reconstruir la historia y ponderar la inclusión de las mujeres como estrictamente necesaria en todas las sociedades. Y, a la vez, la que hará posible la construcción de una nueva narrativa histórica, donde ellas destacan y participan, mostrando que la invisibilización ha sido una de las herramientas más útiles del patriarcado para garantizar sumisión, exclusión y olvido.

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