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Vida y Lectura| Feminista, religioso y cartesiano

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Marcela Eternod Arámburu

SemMéxico, Aguascalientes, Ags., 21 de agosto, 2021.- Amelia Varcárcel, cuya lectura es altamente recomendable, sostiene que el primer feminista racionalista, discípulo de Descartes y paladín de la igualdad, es Poullain de la Barre, quien siguiendo el método cartesiano buscó que sus ideas fueran claras, precisas y conceptualmente sólidas, lo que provocó que todas aquellas que en su análisis mostraban estar basadas en mitos, mentiras y prejuicios fueran simplemente desechadas. Siguiendo a Stella de León, el enorme mérito de Poullain de la Barre es demostrar la irracionalidad que emana de las argumentaciones sobre la natural desigualdad entre los sexos. Espero que esto sea suficiente para que sientan curiosidad y se animen a leer a este adelantado feminista.

François Poullain de la Barre utilizó la duda metódica como herramienta para desmantelar uno por uno todos los argumentos que en su época se esgrimían -y que ahora sabemos que no solo eran falaces sino perversos- para poner, mantener y eternizar a las mujeres en el puesto que -según ellos- la naturaleza les había asignado.

Esa hoy absurda idea, con sus múltiples argumentos, de que los hombres por naturaleza eran intelectual y moralmente superiores a las mujeres fue racionalmente analizada y sus argumentos sistematizados por Poullain de la Barre y, enseguida, con el marco teórico del racionalismo y el método cartesiano fue desmenuzada, exhibida y desechada por ridícula.

Hay que precisar que debemos decir “hoy absurda” con cautela, pues penosamente sobran ejemplos de que en pleno siglo XXI muchas personas -mujeres y hombres- ignorantes o inconscientes son reproductoras mecánicas de tradiciones y prejuicios que aún consideran, convencidas, que lo que hace 35 décadas se demostró falso y absurdo, es hoy indudablemente cierto.

François Poullain de la Barre expresó claramente que todo, absolutamente todo, lo que los hombres han dicho, escrito, proclamado y asumido sobre las mujeres, es digno -por lo menos- de sospecha y debe ser revisado, analizado y evaluado con todas las herramientas disponibles, desde todas las disciplinas y de manera racional.

Este cartesiano escribió en 1673 un texto que casi 350 años después se deja leer, es decir, envejeció con galanura y tiene vigencia. La idea central de La igualdad entre los sexos es que tanto mujeres como hombres tienen las mismas capacidades intelectuales y que por tanto ambos sexos deben ser formados para lograr entender, comprender y conocer todo lo que sea sujeto de aprendizaje, interpretación, crítica y debate; pero también tienen las mismas capacidades morales para incidir en la sociedad, impulsar el progreso y participar en todo aquello que sea de su interés con libertad.

De la Barre no entiende por qué se excluye a las mujeres de la educación, se les confina y se las excluye, tratando siempre por la fuerza de normar, dirigir y capturar su conciencia; mucho menos aún el por qué se piensa que no son capaces de tener pensamientos propios, ideas diferentes, visiones distintas -pero igualmente válidas- y viables, o proyectos y propuestas autónomos.

El feminismo, en palabras de Varcárcel, es la hija no deseada del racionalismo y un axioma fundacional que se desprende de un impecable ejercicio racional es que “el hombre” como concepto universal, que todo lo engloba, solo se sostiene como fundamento del dictatorial, avaricioso, astuto, malvado y cruel patriarcado. El corolario es fácil, hay que referirnos a la persona, al ser humano, y eso precisamente fue lo que hizo Poullain de la Barre en su libro, deconstruyendo dogmas e ideas y etiquetándolas como confusas, falsas e irracionales.

La certeza de que mujeres y hombres son iguales en todo lo que se refiere a los atributos intelectuales y morales lo lleva a plantear que deben ser iguales en dignidad y en trato (nos acercamos a los orígenes de los derechos). No sorprende que tales afirmaciones fueran revolucionarias para la época y desataran la grotesca furia de ese colectivo que no estaba dispuesto a perder un ápice de su poderío y dominio. Pero el que muchos piensen de la misma equivocada manera, nunca ha significado que lo que piensan sea verdadero, bueno, justo o racional.

En 1673 no se hablaba del derecho a la igualdad, pero para cualquiera que pusiera atención y realmente quisiera saber, ya estaban disponibles cientos de ejemplos que permitían explicita e implícitamente reconocer que el dominio masculino no se debía a que ellos fueran inequívocamente los únicos poseedores de la inteligencia, la ética y la virtud social. Por ello, para Poullain de la Barre la conclusión lógica es que los mismos atributos les pertenecen a las mujeres y que si ellas tuvieran la misma educación y las mismas oportunidades, aunadas a su buen sentido -dado que ni la mente ni el espíritu tienen sexo- la humanidad evolucionaría hacia una sociedad igualitaria, justa, humana, tolerante y finalmente libre.

El feminismo tiene que conocer y reconocer sus orígenes, y en Poullain de la Barre tenemos a un feminista que por primera vez dio una base racional a la igualdad entre mujeres y hombres, a pesar de todas las limitaciones religiosas con las que lidió toda su vida, debido a su temprana formación católica.

Las “Obras feministas de François Poulian de la Barre”, fueron editadas por Daniel Cazés Menache y María Haydee García Bravo, en Diversidad Feminista, por la UNAM.

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