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Vida y Lectura | HELIA BRAVO HOLLIS

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Marcela Eternod Arámburu

SemMéxico, Aguascalientes, 3 de octubre, 2021.-Esta semana me encontré un libro de corta extensión, pero muy amplio contenido. Se trata de “Mujeres, educación y ciencia en América Latina” compilado por Mario Quintanilla Gatica y Núria Solsona Pairó. En él encontré una breve referencia sobre la primera bióloga mexicana y sus consistentes aportaciones en el conocimiento, clasificación y estudio de las cactáceas. Aquí he de reconocer que no sabía de su existencia, aunque tengo algunos años siguiendo las aportaciones de las mujeres mexicanas en las ciencias.

El capítulo dedicado a Helia Bravo Hollis, escrito por Rocío Guadalupe Balderas Robledo y Alma Adriana Gómez Galindo, en el libro arriba citado, está bien documentado e hizo acopio de diversas fuentes, las cuales resultan muy útiles para seguirle la pista a la vida de esta destacada, aunque estoy segura casi desconocida, científica mexicana. Y, como muy frecuentemente ocurre, ahí encontré que existía una autografía: “Helia Bravo Hollis. Memorias de una vida y una profesión”.

Afortunadamente la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM tiene en su catálogo el texto de la Doctora Bravo que fue publicado en 2004 y tiene la virtud de la brevedad y la concisión. Al tratarse de una autobiografía, siempre hay que estar atentas para identificar las autoexaltaciones y las intrascendencias trastocadas en relevantes sucesos. Eso no aparece en el libro de Helia Bravo, lo que encontramos es modestia, humildad, agradecimiento, entusiasmo y generosidad.

Una autobiografía cronológicamente ordenada que inicia por la infancia, con algunos relatos y viñetas familiares (Helia Bravo nació en 1901), pasa por el difícil periodo de la Revolución mexicana, el asesinato de Madero y la ejecución de su padre en manos de los traidores Huertistas que lo fusilan.

Nostálgicas y afectuosas remembranzas son el contexto para dar cuenta de su paso por la Escuela Nacional Preparatoria casi a finales de la década de la Revolución, sus compañeros y profesores son el núcleo de sus memorias y en él destaca la presencia de quien fue su profesor y más tarde y durante muchos años su mentor, el biólogo Jacobo Issac Ochoterena y Mendieta.

Los años de formación profesional son en esta autobiografía párrafos cálidos, vividos, agradecidos; son relatos de suaves colores, testimoniales de cómo surgió la carrera de biología en México, quienes estaban ahí, qué querían hacer y como fueron construyendo un andamiaje institucional para lograr, después de muchos años, un Instituto de Biología en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Con modestia, como al pasar, cuenta que fue la primera mujer en titularse en 1927 en la carrera de biología y las fotos la muestran como la única en un universo profesional de puros varones, no porque fueran puros de espíritu, sino porque literalmente eran solo hombres.

Comentario aparte merecen las referencias a sus viajes de estudio y exploración por prácticamente todo el país en busca de sus muy queridas lactáceas y cactácias, tarea que le encomendó su mentor Ochoterena.  No se trata de turismo académico como el que se está proponiendo esta semana en nuestra conversación colectiva, se trata de los viajes de estudio para recolectar, clasificar y completar uno de los catálogos más completos sobre cactología que hay en el mundo, el elaborado por Helia Bravo.

Con emoción relata su trabajo al frente del Herbario de la UNAM y más tarde su participación en el diseño y construcción del Jardín Botánico de la misma universidad, sus visitas académicas al Carnegie Institute en Phoenix, al Jardín Botánico de Missouri o al Jardín Botánico del Desierto, y sus continuados viajes por el territorio nacional.

Con gratitud habla de las personas que fueron relevantes en su vida profesional: George Lindsay, Alejandro Villalobos, Tomas MacDouglas, Franz Buxbaum, Carolina Schmoll y Annetta Carter, y a lo largo del texto recuerda a Leopoldo Ancona, Ignacio Piña, Edward Greenwood, y Hernando Sánchez, entre otros, siempre con cariño, admiración, humildad y gratitud.

Se retiró a los 90 años del Instituto de Biología de la UNAM y, a esa edad incursionó en la pintura, dejando más de 200 dibujos de las plantas que habían dado estructura a su vida profesional. Ya jubilada participó en la conclusión de la monumental obra “Flora Mesoamericana” y entre 1998 y 2001, año de su fallecimiento, elaboró sus memorias, dejando un testimonio de primera mano de cómo fue la evolución de la botánica y la biología en México.

La dedicatoria de sus memorias es una declaración de amor a la Institución en la que se desarrolló: “Al Instituto de Biología de la UNAM, donde transcurrió mi vida académica, con profunda devoción”.

Para finalizar, es importante que las científicas y destacadas académicas mexicanas adquieran una dosis de vanidad y se propongan hacer sus propias memorias, como durante siglos lo han hecho los varones, para dejar constancia de sus aportes, conflictos, vivencias y obstáculos. Si tenemos suerte, habrá otras mujeres que con base en esas memorias empiecen a escribir soberbias biografías que logren inspirar, ensoñar y motivar a las niñas mexicanas para seguir sus pasos.

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