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Vida y lectura| Sumisión

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Marcela Eternod Arámburu

SemMéxico, Aguascalientes, 28 de agosto.- A principios del siglo XXI, Azar Nafisi publicó un texto en gran parte biográfico que narra cómo vivieron un grupo de mujeres lectoras la consolidación del poder del Ayatola Jomeini en Irán. Claro, se trata de esas personas que leen por el enorme placer y satisfacción personal que leer les proporciona, por interés y curiosidad de saber, entender o explorar otras realidades, sin preocuparse de esas consignas obtusas que critican este tipo de lectura.

Nafisi convoca a un pequeño grupo de alumnas en su casa para comentar y debatir sobre algunos libros considerados por ella fundamentales en la narrativa occidental, empezando por la provocadora y cimbreante novela de Vladamir Nabokov, “Lolita” que da título a su libro: “Leer Lolita en Teherán”.

Lo más importante del libro de Nafisi -desde mi punto de vista- es el contexto social y político que describe la profunda transformación en lo cotidiano, en la vida de las personas, particularmente de las mujeres, que el cambio de régimen trajo consigo en Irán con la llegada de los fundamentalistas islámicos. Las constantes agresiones, los controles, las amenazas, el acoso, el miedo, la falta de opciones, todo suma.

Es un hecho -del cual quizá no estemos plenamente conscientes hoy, o seamos incrédulas, lo que nos impide verlo-, que la libertad y los derechos ganados, principalmente por las mujeres y los derechos adquiridos y ejercidos después de años de confrontación y lucha para ganarlos, se pueden perder en un dos por tres.

La novela de Azar Nafisi, llena de poesía y sensibilidad, preocupación y miedo, relata cómo en meses, con un amplio despliegue de control y de fuerza, el grupo del Ayatola Jomeini, eliminó gran parte de aquello que las mujeres iraníes habían logrado tras décadas de activismo, da cuenta de la censura, traición, persecución, exclusión y finalmente expulsión o muerte de la disidencia, y de la involución hacia la sumisión y contra la libertad que conllevó el triunfo de la Revolución Islámica.

Hoy que al parecer los Talibanes arrasan con todo lo que consideran contrario a sus creencias en Afganistán y se han desbordado los espeluznantes relatos de lo que hacen, cuando se lee que las feministas y activistas afganas están en peligro y buscan urgentemente salir de Afganistán, cuando se escuchan voces como la de Michelle Bachelet, durante la sesión especial del Consejo de Derechos Humanos, en su calidad de Alta Comisionada, diciendo que tiene informes “desgarradores y creíbles” sobre vejaciones, ejecuciones y graves restricciones a los derechos de las mujeres y de la población en general, recordé la novela de Azar Nafisi.

Sé muy poco sobre el islamismo, sé menos sobre los musulmanes en su gran diversidad y mucho menos sobre los talibanes. Pero sé que someter a las mujeres, privarlas del derecho a la libertad, al trabajo, a la educación, o simplemente a elegir, es una aberración. Y me pregunto, ¿qué tan graves están las cosas en Afganistán para que Malala Yousafsai, víctima de la irracionalidad y la violencia, pida a los países que abran sus fronteras para recibir a la población afgana, cuyo destino, de no hacerse será la total sumisión o la muerte?

Todo indica que a diferencia de lo que vivió Azar Nafisi que logró abandonar Irán cuando vivir en su propio país fue imposible, miles de periodistas, educadoras, científicas, juristas, activistas, feministas, niñas y mujeres serán sometidas por la fuerza a la voluntad de unos extremistas armados que creen ciegamente que solo hay una forma de ver y estar en el mundo: la suya. Sin embargo, espero que la suya sea una victoria momentánea, porque si algo nos ha enseñado el movimiento feminista es que no hay mejor defensa de los derechos de las mujeres que el que realizan cotidianamente y en todas las esferas, las propias mujeres que son parte de la incansable resistencia.

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