Internacional

En cada instante estaba Evita

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Norma Loto

SemMéxico. Argentina. 17 de septiembre de 2019.-

El Contrafacto

Creo que tenía 9 años cuando uno de los trasnochados que estaba sentado en la mesa familiar gritó: “Si Evita viviera sería montonera”. Era 1983 y ese grito melancólico salió de una espesa humareda originada por los horribles 43/70 que fumaba mi padre. Durante los primeros años de la democracia (cuando los fantasmas asesinos aún parecían incólumes) mi casa era un lugar de encuentros peligrosos entre desamparados, militantes, expresos políticos y exiliados que regresaban al país.

Como de costumbre yo estaba observando detrás de una puerta que unía el comedor con la cocina y fumando un cigarrillo que lo habían tirado antes de su fin. “¡Si Evita viviera sería Montonera!”, gritó una vez más aquel señor bigotudo hasta que se quebró en lágrimas.  Y, aunque la línea histórica no une nunca a Eva con Montoneros no resulta descabellado ese contrafacto. Si al fin y al cabo Evita también había incomodado a la historia.

Increíblemente felices

Los relatos acerca de Eva la han convertido en una de las omnipresencias en mi vida. Me contaban que Evita, trazó un norte donde los únicos privilegiados eran los niños. Eso no fue una promesa, sino un hecho feliz en mi provincia, Santiago del Estero.

“Una tarde partieron de sus pagos santiagueños, sin más bagaje que el asombro ilimitado que les desvelaba los párpados (…) ¡Eran felices, increíblemente felices! ¡Iban a descubrir la leyenda dorada, a comprobar de verdad sí en la tierra todavía existían hadas!”

En 1947 y 1948, los niños humildes santiagueños hicieron varios viajes a centros recreativos de Córdoba y Mar del Plata a través de la Fundación Eva Perón. La investigadora, María Marta Aversa cuenta que el viaje del año 48 fue más publicitado y se lo llamó “viaje de los santiagueñitos”.

Aversa, comenta que “este viaje fue presentado como una obra semimágica capaz de resolver de inmediato los problemas de los humildes”.

Jugar a ser Evita

Lo cotidiano en casa era: Perón y Evita en el living; Perón y Evita en un altarcito que mi abuela Carolina había improvisa en una mesa Luis XV; Perón y Evita en las venas de papá. Por eso cuando nací, me llamaron Eva, pero por entonces ya se decía que: “¡Esa Mujer es más peligrosa muerta que viva!”. Así, por temor a lo que se venía y sin detenerse un día más me calzaron un anodino nombre.

Recuerdo que, a mis 5 años, fui al campo donde vivía mi abuelo. Era una tarde bien soleada cuando Nely me contó: “antes de Evita los pobres no podían conocer el mar. Yo fui a Mar del Plata porque Eva nos hizo viajar hasta allá ¿sabes? Me pude mojar los pies. Era fría el agua. Bien fría /¿Pudiste ver a Eva en ese viaje?/“No, no la ví. Pero fue todo tan lindo, que fue como haberla visto. En cada instante estaba Evita”.

De inmediato a Nely se le ocurrió: “te voy a hacer el peinado de Evita”. Corrí y me senté en su falda y me hizo un entrevero en el cabello que iba de adelante para atrás y unos girones sostenidos con las trabitas tic-tac. Luego me colocó una estola negra de piel que era de mi abuela. Me hizo levantar los brazos me acomodó los codos doblándolos levemente, “Así, así saludaba, Evita. Eso, enderezá la espalda, m´ija.  Así, ahí. Bien”. Luego, un vendaval norteño arremetió con sus remolinos y volaron las cosas que estaban sobre la mesa del patio incluso una gallina que se había asomado a recoger unas migas olvidadas. Nely poseída por una risotada largó: “corramos m´ija esto es la maldición de los oligarcas!

Sobrenatural

Eva Duarte era Santa Evita antes de pasar a la eternidad. Doña María Roldán, trabajadora de la industria de la carne en Beriso y activista sindical, relató al historiador Daniel James. Que una vez fue a la cárcel de Mercedes y que una de las presas le pidió que le comprara velas para prendérsela a Eva y que otra presa la interpeló.

– ¿A Evita? ¿Por qué no le prendes una vela a tu mamá?

 – ¿a mi mamá que me abandonó? Evita me vino a ver, me dijo que cuando yo salga de acá me va a dar trabajo. Estando adentro entre las rejas.

“Las he visto llorar y ponerse de rodillas y prenderle cuatro vetas a Evita”.

Según Doña María Roldán, eso era Evita: “algo difícil de explicar. Sobrenatural. La genta la amaba tanto que se olvidaba de su líder. No quiso ser vicepresidenta ni presidenta, quería ser Evita”.

El fuego y el milagro

Una madrugada de 1974 la Triple A puso una bomba en casa. Estábamos solo las mujeres de la familia y yo ni llegaba al año de vida. El incendio avanzaba sin reparo, el fuego era voraz. Se quemaron las máquinas de mi abuelo, los papeles, las cintas con las grabaciones del general. Y la confianza en los allegados, también. Las llamas, el humo, los gritos, los vecinos que corrían a salvarnos, todo parecía una representación bizarra del infierno mismo.

Luego, el fuego se esfumaba en el ambiente, pero seguiría encendido en la memoria.  Desbastadas, asfixiadas, heridas y bien parias habíamos quedado después de las llamas. Mi madre, mi hermana, mi abuela y yo, sobrevivimos.

En medio del humo que aún seguía tiñendo el paisaje, una vecina se acercó a mi abuela que había sido una de las líderes del Partido Peronista Feminista en la provincia, y le dijo: “doña Carolina, encontré esta foto quemada en la esquina”. Mi abuela la agarró, la miró, la besó en medio de sollozos. Era una foto en la que estaba un retrato de Evita y dicen quienes vieron la escena, que mi abuela susurró bien bajito: “gracias a Evita estamos vivas”.

Evita es eso: el sujeto de todos los contrafactos revolucionarios, el mar para el pueblo, la Santa del pueblo, lo sobrenatural. Y todo eso, la hizo a Evita, Eterna.

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