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Desobediencia| Mi ocio en transición ómicron

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  • El ocio que no es por elección, es una prisión. ¿Dónde queda allí el libre albedrío?

Olimpia Flores Ortiz

SemMéxico, Cd. de México, 24 de enero, 2022.- Desaparecí de esta mi DESOBEDIENCIA al final de noviembre por un episodio de salud que casi me llevó a un derrame cerebral. Ya no escribo desde Zaachila, de donde decidí regresar a mi departamento de la Escandón en la Ciudad de México: allá me habría de morir de tristeza o de un soponcio yo sola.

El exilio autoinfligido, al principio por el augurio del cambio de régimen que me deparaba no contar con red de soporte laboral y después por el confinamiento obligado debido a la pandemia, duró cuatro años. No vine cuando mi madre falleció devorada por el virus al final de 2020. Y ahora, no bien regresé al comenzar enero, dos días después me contagié con ómicron y experimenté por una semana la versión del ocio impotente.

Ha sido un periplo largo de soledad y de contar con mucho tiempo confinada en un confín. El ocio vacío, angustiante no me significó el encuentro conmigo, sino el vértigo en el abismo de mi misma.

El imposible ocio de las mujeres

Alguna vez en la entonces todavía Asamblea Legislativa del Distrito Federal, di una conferencia para mujeres trabajadoras que titulé “El sagrado derecho de mirar al techo”. Y sostuve que el ocio es un derecho intangible de las mujeres del que no se saben merecedoras. O se ocupan fuera de casa o dentro de casa o se trasladan cuidándose de la violencia; no hay tiempo para no ocuparse; y ¡ay! de las que además hacen política.

En las dobles a veces triples jornadas sin tregua de las mujeres, el ocio SÍ representa la posibilidad del recogimiento, del ir al encuentro de sí, de recobrar la conciencia desperdigada en unos y otros quehaceres, en ese eterno ser para les demás. El tiempo del ocio NO es para la familia ni la lavandería, es para pintarse las uñas de los pies, para masturbarse…para no hacer absolutamente nada…¿para dudar?  El tiempo en el que la ocupación es no ocuparse.

La Vanguardia

El ocio revolucionario

Sí, el tiempo del ocio es el de la duda, ¿qué otro tiempo hay para ello en el tiempo productivo o en el tiempo urbano? Por eso desde la Revolución Industrial ha sido peligroso para las clases trabajadoras, bien escribió Bertran Russel en su ensayo Elogio a la Ociosidad: “…los hombres no sabrían cómo llenar sus días si solamente trabajaran cuatro horas de las veinticuatro. En la medida en que ello es cierto en el mundo moderno, es una condena de nuestra civilización; no hubiese sido cierto en ningún período anterior. Antes había una capacidad para la alegría y los juegos que, hasta cierto punto, ha sido inhibida por el culto a la eficiencia. El hombre moderno piensa que todo debería hacerse por alguna razón determinada, y nunca por sí mismo.” -Por eso el arte es transformador, porque no sirve para nada-. Así que con el productivismo se perdió el hommo ludens; pero se perdió sobre todo el potencial revolucionario del ocio, el hommo politicus, soberano de sí mismo. ¿A qué hora se piensa en que todo puede ser diferente? ¿A qué hora las personas se pueden autodeterminar y confabular?

El ocio improductivo y desigual

Pero no ha sido igual para todas las clases sociales. Sigue diciendo Russell: “¿qué es el trabajo? Hay dos clases de trabajo; la primera: modificar la disposición de la materia en, o cerca de, la superficie de la tierra, en relación con otra materia dada; la segunda: mandar a otros que lo hagan. La primera clase de trabajo es desagradable y está mal pagada; la segunda es agradable y muy bien pagada. La segunda clase es susceptible de extenderse indefinidamente: no solamente están los que dan órdenes, sino también los que dan consejos acerca de qué órdenes deben darse. Por lo general, dos grupos organizados de hombres dan simultáneamente dos clases opuestas de consejos; esto se llama política.”

El ocio mercantil

De modo que entonces el ocio para la introspección, la relajación y el divertimiento, la  comunidad, la revolución, fue cooptado por el consumismo, toda actividad humana, así sean la educación y la formación, el cuidado de sí, la diversión o la cultura, está en el ámbito del mercado.

Somos la comunidad del consumo, esa es nuestra característica común. Nuestro ocio por lo tanto corresponde a los patrones de consumo y los estereotipos que difunde la mercadotecnia dirigida a las personas en su calidad de Hommo œconomicus dela era neoliberal en la que cada persona es la empresa de sí misma y su propio agente de ventas, sometiéndose por tanto a las dinámicas competitivas; y el Estado va renunciando a las responsabilidades de las políticas sociales fundamentales como la educación y la salud. Todo es mercancía, yo soy mercancía, todes somos mercancía, el ocio es mercantil.

Y no hablemos del ocio confundido en el tiempo cibernético del home office y su eterna disponibilidad, puesto de moda en la pandemia.

Ocio y subjetividad

En el momento en que el ómicron fue cediendo y quedando atrás el ocio-prisión , empecé a leer un ensayo espléndido de Tedi López Mills, el Libro de las Explicaciones (Almadía), en el que encontré la síntesis de mi experiencia atravesada por el virus, les voy guiando:

“Creo que Yo soy alguien para mi, pero cuando apelo a eso que llamo mi conciencia para fijar su identidad, se detiene el tiempo y Yo se esfuma, como un animal asustado o escurridizo.”[…] “Quién vive adentro y desempeña el papel de mi persona? Yo, si bien irónicamente en tercera persona: alguien vestido de Yo, oblicuo; mirado de frente. Nadie.” […] “…la identidad es una sensación generada por el movimiento uniforme de la imaginación” […] “Y el no-ser, la ausencia, ese espacio en el centro de mi cabeza cuando me pongo en blanco, (meditación) no es silencio, sino un cauce continuo de sonidos; tan pronto me oigo, dejo de oírlos. Tal vez esa sea la prueba de que existo,  mi propio ruido.” 

Almorzando chilaquiles a la vuelta de mi casa, recuperé la relación con mi voceador favorito (en Zaachila no hay puestos de periódicos) y leyendo en el Laberinto de Milenio de este fin de semana me encuentro providencialmente este párrafo en la entrega de Irene Vallejo con el que remato esta conversación con ustedes:

“Hace falta coraje para dar rienda suelta a las palabras enjauladas. No siempre comprendemos cuánta fortaleza se necesita para vivir en la fragilidad.” Sin eludir el ocio como resistencia.

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