COLUMNASDulce María Sauri Riancho

¿Faltan? ¿Quedan? Tres años

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Dulce María Sauri

SemMéxico, Mérida, Yucatán, 29 de septiembre, 2021.- El viernes próximo se inicia la segunda mitad del gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Será el martes 1º de octubre de 2024 cuando entregará a su sucesor/a la banda presidencial, elect@ el 2 de junio anterior.

La cuenta regresiva incluye mil 96 días, hasta llegar al año bisiesto del cambio. De los pronósticos optimistas de tres años atrás, poco queda. Las certezas se han impuesto en esta primera mitad: no habrá avances en el combate a la pobreza y a la desigualdad social que padecen millones de familias mexicanas.

No crecerá la economía lo suficiente para brindar empleos decentes y bien remunerados a una generación de jóvenes y adultos que los demandan; no habrá descendido la inseguridad y la violencia en gran parte del territorio nacional y las mujeres seguirán reclamando la aplicación real de los avances registrados en las leyes.

La pandemia del Covid ha sido razón y pretexto para endosarle todo tipo de fracasos en las políticas públicas, incluyendo desde luego, las serias deficiencias de los servicios de salud al desaparecer el Seguro Popular en 2019.

Podría continuar acumulando esperanzas rotas en un recuento que tiene poco que ofrecer para alentar ánimos. Casi parece necesario “descontar” de nuestra vida colectiva lo que le resta al sexenio 2018-2024. Y comenzar a trazar el nuevo mapa de la esperanza hacia los siguientes seis años.

Del arcón donde guardo mis propias expectativas fallidas decidí extraer dos de ellas para compartírselas, amig@s lectores. Ambas tienen relación con la conducta y las actitudes del presidente López Obrador, hace tres años candidato triunfante.

El poder de las palabras. Aún no tomaba posesión cuando el futuro gobierno desató un escándalo mediático al anunciarse el cese del cobro de las comisiones bancarias del sistema nacional. Casi inmediatamente vino un apresurado pronunciamiento de López Obrador por el que brindó amplias garantías basadas en su palabra, de que no habría cambio alguno en la normatividad bancaria en los primeros tres años de su administración.

(Por cierto, el compromiso presidencial se ha respetado en parte). Mágicamente los mercados se serenaron y la paridad peso-dólar detuvo su brusca caída. Escribí entonces que: “No fue su encanto personal, sino un reconocimiento a su credibilidad y apoyo popular. Pero eso se gasta rápidamente y las palabras inadecuadas al momento y a la circunstancia, pueden erosionar la confianza ciudadana en la nueva administración. Ni López Obrador ni los suyos serán oposición en los próximos tres años; son gobierno y deberán actuar con la responsabilidad que esto implica. Comenzar por ponderar cuidadosamente las palabras antes de expresarlas, sería un buen principio”.

¡Qué lejos estaba de imaginar el efecto de las conferencias “mañaneras” establecidas como forma de gobernar! En Palacio Nacional se instaló un mecanismo inquisitorial para auditar a la opinión pública —y publicada— por el presidente de la república. La estridencia rodea los pronunciamientos presidenciales sobre asuntos de gran complejidad, la mayoría de los cuales, por elemental prudencia política, requerirían de reflexión y consulta antes de ser expuestos.

“Mi pecho no es bodega” sirve para justificar cualquier tipo de excesos verbales en un juego malabar que impide concentrar la atención social en asuntos de trascendencia para el bienestar popular.

Ya abandoné la esperanza de que el presidente López Obrador asuma la responsabilidad de sus palabras; que acepte el peso y las consecuencias de las descalificaciones contra personas e instituciones que día tras día salen de su boca (y ahora, también de las pantallas habilitadas para mostrar tweets).

Me he resignado a que hasta el 30 de septiembre de 2024 sean las “mañaneras” el sello sexenal, con récord Guinness de por medio. El presidente López Obrador tiene derecho a expresarse, a defender su punto de vista y sus propuestas. Pero de manera alguna puede lavarse las manos frente el ambiente de linchamiento político que sus descalificaciones desatan sobre sus desafortunados objetivos. Confieso que me ilusiono con el silencio que seguramente vendrá junto con la sucesión: sólo una vez a la semana la o el presidente se presentará ante los medios para dar una conferencia sobre temas de interés mutuo; en el intervalo, secretarias y secretarios de gabinete ejercerán su obligación de informar como parte cotidiana del ejercicio de sus responsabilidades.

Dentro de tres años volveremos a recorrer el camino de la desconcentración del poder de la figura presidencial. Y por su peso simbólico, el fin de las conferencias matutinas será escenario ideal para comenzar el deslinde de la o el nuevo presidente de México con su antecesor.

Cambio de piel. Escribí entonces que: “Como los artrópodos, [el presidente electo AMLO]tiene que desarrollar la capacidad de desprenderse de su esqueleto externo o exoesqueleto, que en su caso sería su condición de candidato a la presidencia de la república durante casi 18 años. La ecdisis o “muda” es un paso obligatorio de estos animales, para poder crecer. Como las langostas y los cangrejos, López Obrador tendrá que asumir su nuevo esqueleto, de presidente de México, que obtuvo con su triunfo en las urnas el 1º de diciembre. Es indispensable para alcanzar su madurez como político”.

Me equivoqué de cabo a rabo: tenemos un candidato en campaña permanente. Así seguirá hasta el final de su gestión: candidato-presidente-candidato. Estoy segura que no buscará reelegirse o ampliar su periodo presidencial (prórroga).

Pero cada vez se perfila con mayor claridad la posibilidad de reeditar el “Maximato”, en que el “jefe” Calles puso y quitó inquilinos del Castillo de Chapultepec, entonces lugar de residencia del presidente de la república. (Como desde la casa de Calles, en la colonia Anzures, se lograba apreciar el Castillo de Chapultepec, la gente de la época, al pasar por el domicilio del expresidente, decía: “Allí vive el presidente, pero el que manda vive enfrente”). Hasta que el general Lázaro Cárdenas lo envió en un avión especial a Estados Unidos en abril de 1936.

Con tres años por delante: ¿Soportar? ¿Aprender a convivir? ¿Tolerar? ¿Contener? ¿Presionar? O más bien: ¿Organizar? ¿Movilizar? ¿Actuar? Para, sin signos de interrogación, Salvar a México, a sus instituciones y su proceso democrático. Son 1,096 días.

dulcesauri@gmail.com

Licenciada en Sociología con doctorado en Historia. Exgobernadora de Yucatán

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