COLUMNASFlorencio Salazar Adame

Guerrero es una cajita

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Quien cantar quiera a Guerrero para todas las edades/necesita revestirse de un ritual de dignidades. Rubén Mora.

Por: Florencio Salazar Adame

SemMéxico. 27 de octubre 2020.- Guerrero es una cajita, pintada en Olinalá. Y en esa cajita viven hombres bravos y de acero, que han venido por los caminos del sur, pasando por Taxco, Iguala, Chilpancingo y Acapulco, llegando al pie de una azul montaña en donde hay jaguares en las marañas y pájaros sobre el río también azul.

En este paisaje selvático, montañoso, de largos litorales en los que se oculta el sol huyendo de sus propios resplandores, hay mujeres y hombres de piel tostada, de carácter recio, de decisiones que, incluso, pueden ser fatales.

El suriano es un pueblo musical, alegre. Cada una de sus partes tiene sus propios modos de acariciar la vigüela y ejecutar el violín, de tocar el tamborcillo y sacarle al arpa ese sonido de ecos delicados, para bailar huarache cruzado con zapateados de hembras de Tixtla, Tierra Caliente y San Marcos.

Guerrero es un pueblo de pueblos. Cada región tiene su característica étnica, sus estilos y tradiciones.

Norte y Centro son regiones de tierras templadas, con excepción de la calurosa Iguala, en donde los tamarindos en callada procesión rinden culto al heroísmo. Pero de norte a sur, empieza el frío mineral de Taxco, en donde Juan Ruiz de Alarcón salió en un camioncito Flecha Roja al advertir que las verdades sospechosa y que las paredes oyen pero también tienen lengua.

Chilpancingo, capital del estado debido a tres circunstancias: el calor de Iguala, los pleitos entre los generales Vicente Jiménez y Diego Álvarez, centro geográfico del estado y, adicionalmente, lugar señero de Morelos, del Primer Congreso de Anáhuac. Al que siempre hay que volver, para escuchar la orquesta de los pájaros bajo el laurel, recordar la charla con la novia o pensar en cómo se amarían los padres de La matagente.

Acapulco está escrito en páginas que se abren como un cubo, por cada uno de sus lados. Este cubo de libro relata historias dependiendo cómo esté ubicado, pues a veces la tapa superior es inferior y los lados están en las posiciones antes referidas. Algunas páginas son brillantes, otras glamorosas, otras más trágicas, sin faltar las francamente oscuras. Tengo noticias de la existencia de un ejemplar de este libro-cubo en la biblioteca de Jorge Luis Borges.

En La Quebrada, los intrépidos clavadistas se armonizan con la marea, para caer en el preciso instante en que se levanta el agua. Es la conjunción del hombre en todas sus dimensiones, igual a las historias, reseñas y crónicas habitadas en la cabeza de Anituy Rebolledo.

A San Jerónimo fui a preparar, dos días previos, los eventos por el natalicio de Juan Álvarez al Arenal de Álvarez, al que asistiría el gobernador Caritino Maldonado. Don Isabel Torreblanca –don Chabe – era alcalde. Dábamos dos o tres vueltas por las mañanas de San Jerónimo al Arenal para ver los preparativos. La noche anterior al evento don Chabe no quiso moverse. “No joven, yo tengo mis asuntitos y en la noche no me voy a dar cuenta de nada”. Y yo subiendo y bajando con él, válgame.

La canción de José Agustín Ramírez que más me gusta es Atoyac. Lo descifrable de su paisaje, lo indescifrable de su gente. Las metáforas tan vivas, que se siente el paso del río entre valles y barrancos que nuestra emoción despierta.

En un viejo Land Rover íbamos un grupo de jóvenes por todas las cabeceras de la Costa Grande organizando al PRI juvenil. En san Jeronimito, nos recibió el comisario, de no más de 20 años, como nosotros. Dijo a uno de sus ayudantes: “Si hay un marrano cometiendo infracción lo levantas”. Nos dijo que estaba prohibido por salud pública que los cerdos anduvieran en la calle. Más tarde comimos carnitas.

San Jeronimito está en Petatlán y de Petatlán era Cheque Cisneros, el compositor de Cerca del mar. Me platica Leonel Maciel que Cheque llega a su casa y dice a su madre: “prepáreme el terno blanco mientras voy a bañarme al río, porque luego me voy a acostar para morir”. Al regresar del río, se vistió todo de blanco y se acostó. Después lo abandonó su alma.

La costa que no sabemos por qué la llaman Chica, si es tan grande el amor con que la quiere Rubén Mora, está llena de chilenas, compositores, músicos, poetas y, desgraciadamente, también de cuatro velas encendidas.

Para que se den un quemón, nomás recuerden este fragmento del vate de Cuautepec: “Costa jocunda, risueña/ como suele ser la costa/ mujer de cintura angosta/ de ardiente carne trigueña”. Y la gente, de Acapulco a Cuajinicuilapa, es como el mismo día: se va difuminando el color de la piel desde el mestizaje acanelado hasta la brillante oscuridad nocturna.

Recuerdo una larga conversación con Pepe Jara en Ometepec, relatándome de su amistad con Álvaro Carrillo; afortunado encuentro gracias a la invitación del gobernador Ángel Aguirre al homenaje al autor de Sabor a mí.

Y también en Ometepec, la poesía vernácula de Juan García Jiménez y su “Órale Rimigio, garre sus tilichis y oritita mismo se me va a la escuela”. Hay tilichis, pero cuál escuela con este coco invisible y matón.

La Tierra Caliente es de polvos finos de colores amarillos y rojizos. Y el otro polvo, el de los bailes con Los Tavira y sus sones El gusto federal, La tortolita, El pañuelo, en esa danza de sol líquido con hervor de neblina. Y en el hermoso río de las Balsas, no sólo hay caimanes y garzas. Y si lo dudan, vayan a darse una vueltecita por Aritichanguio, Guayameo y Pinzón Morado. Eso sí, tengan mucho cuidado con la forma de poner la mirada, que por algo es de allá el corrido de El Coyote de Celedonio Serrano.

Chilapa, rebozo y sombrero de palma, de grandes cazuelas de pozole, chocolate de olla y pan de huevo, de ponte duros y dulces en conserva, de su ambiente conventual y sus internados de mustios corazones. De vacaciones de infante con olor a barro. Y ya joven volver para escuchar las canciones de Pancho Padilla.

A la Montaña fui muchas veces, a cada municipio, a la elección a mano alzada de candidatos de la PRI para los ayuntamientos. Conocer en directo a dueños de los almacenes explotadores de la ignorancia y a los indígenas imponerse a las amenazas, como pasó en Tlacoapa. Es la pedagógica enseñanza de nuestras realidades surianas.

Oír historias como la de Xalpatláhuac, en dónde balacearon las puertas de la iglesia por que el cura quería el dinero de la feria del pueblo. O a los jóvenes, que ya no querían que los ancianos decidieran quienes serían su autoridad municipal, pues también ellos contaban.

Ustedes habrán de disculpar esta desordenada recordación, pero hoy es el cumpleaños de los guerrerenses, de nuestro estado. Y las celebraciones no son para hablar de cosas tristes. Y hay motivos para celebrar: que sigamos unos juntos, otros revueltos, pero todos en la misma casa por la que luchó tenaz, allá en las montañas, Vicente Guerrero.

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