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Hallazgos| Enriqueta Ochoa y sus frutos eternos

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Rocío Fiallega

SemMéxico, Cd. de México, 29 de enero, 2022.- Cuando pienso en la herencia literaria de Santa Teresa de Ávila o San Juan de la Cruz imagino ese espacio místico inabordable, la grandeza de hacer comunión con el ser supremo al que llamamos Dios; y también llegar a ese punto en el que somos una figura de sal que se tira como en la Quebrada para fundirse en el océano del amor incondicional y encontrar la propia divinidad.

Esa sensación de misticismo, espiritualidad, también sabiduría y erotismo, la encuentro en Enriqueta Ochoa, quien “con sed mortal de Dios” nació en Torreón, Coahuila, en 1928, se brincó al siguiente siglo y falleció el 1° de diciembre de 2008, con la convicción de que: “La poesía es una / vidente enloquecida /que pasea la brasa de sus ojos, / noche y día / penetrando en el centro de las cosas”.

Poeta desde los 9 años, con su alma que ha sido “un golpe de tempestad”, al publicar a los 22 su primer libro Las urgencias de un Dios, quizá no se imaginó que estaría prohibido desde los púlpitos: “Miradme aquí cómo al tratar su nombre / danzo en una resurrección /de brasas removidas / y siento sus latidos sonándome en el pecho”, porque ella no quería ese “Dios encajonado” sino uno “que muerda el corazón del mundo”.

Maestra de profesión, viajera por vocación y poeta por esencia, recibió el año de su muerte la medalla Bellas Artes por su trayectoria, y previamente obtuvo otros premios estatales; si Dios es el eje de su creación, es porque escribe desde el amor, el dolor, la creación, la barbarie, el amanecer, de cómo germina lo erótico, es así como todos sus poemas se convierten en frutos eternos.

La veo en su casa de Rabat, en Marruecos, enterrando sus poemas en el jardín, para que no los viera su esposo y los rompiera; alguna vez comentó en entrevista con Vicente Alfonso que se le quedaron muchos poemas enterrados; y la escucho pedir ser enterrada Bajo el oro pequeño de los trigos, “para seguir cantando a la intemperie” y cuando habla sobre la creación nos lleva de la mano cuando “el verbo se hizo luz”.

También observo cómo hace bolitas sus poemas y los guarda en el costurero, y en Los himnos del ciego va diciendo “Dios mío: de tus labios bajan ríos de luz / hacia el cristal secreto de los frutos /y amanecen maduros”, todo en ella germina y nos ofrece la profundidad de su ser.

En un atardecer la veo exclamando en Las vírgenes terrestres: “¡Mentira que somos frescas quiebras / cintilando el agua! /que un temblor de castidad serena / nos albea la frente… y cuando Dios nos llame / nunca habrá de encontrarnos, dirá: las innombradas”. Y sé que hasta que murió mi padre pude comprender El Retorno de Electra: “Con tu muerte se quebrantaron todos los cimientos; / no me atreví a buscar, / porque no habría / un roble con tu sombra y tu medida/ que me cubriera de la llaga de sol en mi verano”.

Nos podemos deleitar con la vasta obra de esta mujer que nos ofrece frutos eternos en la edición de Poesía reunida del Fondo de Cultura Económica, en la que se incluyen: Las urgencias de un Dios, Los himnos del ciego, Las vírgenes terrestres, Retorno de Electra, Canción de Moisés, Bajo el oro pequeño de los trigos, Asaltos a la memoria, y el inédito Días delirantes.

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