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Macromachismos| Escuela para señoritas

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Lorena Piedad

SemMéxico, 21 de septiembre, 2021.- “Siempre me encantó la escuela, adoraba ir ahí todos los días, tenía amigas, muchas. Era una buena vida, pero eso quedó atrás”, así inicia el primer capítulo de la serie Escuela para señoritas de Al Rawabi, escrita y dirigida por Tima Shomalí (que además tiene un equipo técnico únicamente de mujeres) cuenta a través de seis capítulos el infierno en el que puede convertirse asistir a clases cuando sufres acoso escolar, mundialmente conocido como bullying.

Hoy me interesa reflexionar sobre este tema porque además de que la producción fue realizada en Jordania y es la primera serie que resalta el papel de las mujeres en el Medio Oriente, la historia abre un debate sobre este macromachismo de “el peor enemigo de una mujer es otra mujer”, pues Shomalí nos cuenta la vida de una joven que es golpeada y humillada por una de sus compañeras que encuentra en la violencia física y verbal el método perfecto para no mostrarse débil ni temerosa. ¿Qué hacer en estos casos? La pregunta del siglo XXI entra aquí, ¿no que muy feministas?  

Esta serie me trasladó a mi pasado en la secundaria cuando en primer grado fui como la protagonista de Al Rawabi, era esa niña ñoña, nerd y amaba la escuela hasta que un mal día me asomé a la puerta del salón de clases para espiar si venía la profesora y mi error fue cruzar mirada con la de la chica ruda, acto seguido su novio adolescente me señaló y le dijo “dice ella que te va a partir la madre en la salida” (disculparán el lenguaje escolar). Los ojos delineados de Elizabeth advirtieron lo que me sucedería a las 7:40 de la noche cuando terminaba nuestro turno vespertino…

Ese “te veo a la salida” cumplió su propósito y no había dado 10 pasos fuera de la reja cuando su amiga Jazmín me jaló el cabello, me cacheteó y me envió directo al círculo humano de adolescentes que me patearon y jalaron la mochila entre risas. Lloré. No quería regresar a la escuela, pero ahí me tienen al otro día con mi mamá defensora que entendiblemente armó un lío en la secundaria Próceres de la Nación. Me convertí desde entonces en la “chillona”. A excepción de mi todavía inseparable amiga Carolina y unos cuantos solidarios, no podía caminar por un pasillo sin escuchar “ahí va la chillona”, “acúsame con tu mamá”, por recordar solo algunas frases célebres.

Fue un trauma, por supuesto que sí pero, 19 años después, pienso en Elizabeth (que posiblemente ni me recuerda y que fue expulsada al año siguiente al rodarse por las escaleras cuando golpeaba a otra compañera) y me pregunto, ¿qué pasaba en su vida para ser así? ¿Quién la golpeaba a ella? Y advierto que tales pensamientos no significan que me olvidé del daño ni que la perdoné solamente por ser mujer porque ¿la sororidad todo lo soporta?

Hace 31 años, Marcela Lagarde fue pionera en el uso del término sororidad en Latinoamérica y cada día esta palabra de nueve letras resalta en la sociedad una vez más para criticar el movimiento feminista o para generar lazos de empatía con otras mujeres.

En el artículo Real sororidad, Claudia Arce nos explica que sororidad hace referencia a la hermandad y solidaridad entre mujeres, equivalente a fraternidad, pero con la raíz latina “sor” que significa hermana, aunque expone que no consiste en un amor ciego que todo lo acepta y todo lo aguanta.

“La sororidad es un valor y una práctica que debe ser cultivada para que exista, ya que, al igual que otros valores y prácticas, no nacemos con esa conducta. Las relaciones de confianza se construyen y se alimentan cotidianamente, y pueden desaparecer también con facilidad, pues estamos llenas de defectos y fallas, pero una no deja de practicar la sororidad si pone límites: si el abuso proviene de un hombre o una mujer, la reacción nunca debe ser la sumisión o negación. No nos olvidemos que la idea fundamental de la hermandad es construir una cultura de respeto, paz y dignidad”.

Respiren. No está mal alejarse de mujeres que nos dañan, aunque sean mujeres.

En este camino de la empatía hacia la mujer fallamos constantemente porque es triste aceptar que es una nueva forma de vida para nosotras, ¿quién no ha competido con otra mujer por un hombre? ¿Quién no ha dicho la palabra puta para ofender a otra? ¿Quién no ha golpeado o humillado?

Si nunca lo has hecho, querida lectora, te felicito. Si lo has hecho, descuida, estamos en el camino del aprendizaje, de la deconstrucción de nosotras mismas que desde la infancia consciente e inconscientemente nos enseñan a competir con otras niñas. No es fácil. Lo juro.

Podría escribir el nombre de tantas mujeres a las que he dañado con pensamientos, acciones y actitudes, aún recuerdo cuando en el pasado exclamaba orgullosa “yo prefiero tener más amigos hombres que mujeres” porque cuando eres víctima de abuso escolar descubres que no eres tan buena como piensas, ni tan mala como te crees. Solo somos el resultado de una sociedad machista que actúa bajo el lema “divide y vencerás”.

Vean en Netflix Escuela para señoritas de Al Rawabi y saquen sus propias conclusiones.

De tarea: practicar la empatía hacia otras mujeres. Tratar de comprender a la mujer que hoy no toleramos.

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