Mujer y PolíticaSoledad Jarquín Edgar

Mujeres y Política

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El peso de las tareas, la insoportable levedad del trabajo doméstico

  • El mundo paralelo del que debe procurar justicia y la agresión a Consorcio

Soledad Jarquín Edgar

SemMéxico, 16 de junio, 2020.- La violencia sistemática contra las mujeres es motivo de preocupación real, de una o de otra manera, las mujeres la vivimos todos los días a lo largo de nuestra existencia, lo dicen las mujeres y lo confirman las estadísticas, ambos hechos se conjugan para demostrar que la violencia existe, está en todos lados. Algunas lo cuentan, otras lo callan, algunas ya ni siquiera tienen voz para narrar lo sucedido, las han callado para siempre.

Los demonios andan sueltos. No hay paraísos posibles para las mujeres en México, como en la gran mayoría de los países del mundo. Estamos frente a un sistema social, político, económico y cultural que nos quiere fuera y no dentro, la única forma de hacerlo es seguir manteniendo la estructura conocida, donde quienes mandan y ordenan el mundo son los hombres, los hombres del poder. La violencia machista es, sin duda, una forma para contener, para debilitar, para aterrar a las mujeres, paralizarlas. Sí, estamos hablando de la estructura patriarcal que rige el mundo.

Como lo he dicho muchas veces en este espacio, las mexicanas hemos ganado terreno en las leyes, en los espacios públicos y políticos, en las representaciones legislativas, en pocas empresas a nivel directivo, en la academia y en la ciencia con notorios inventos y descubrimientos que siguen casi invisibles, en los deportes, a pesar del acoso sexual de entrenadores y compañeros, en tarea informativa a pesar de las amenazas que en muchas ocasiones se han cumplido…todo ello con más notoriedad en las últimas cuatro décadas y un poco más. Son ganancias del feminismo que no todas reconocemos como motor del cambio que camina, avanza y se detiene, pero no retrocede. Lo difícil ha sido transformar, ir al fondo, a la conciencia.

La insoportable levedad del trabajo doméstico

Hoy, muchas desmitifican el “dulce hogar”. Desnaturalizan la violencia. El 24×7 (24 horas por siete días a la semana) como medida para reducir los contagios por COVID 19 ha hecho posible mirar la insoportable levedad del trabajo doméstico como una acción impuesta de manera arbitraria como responsabilidad de las mujeres. Pero lo más trascendente en estos días (de por sí difíciles) es que muchas entienden que la casa no es segura, es tan riesgosa como la calle plagada de desconocidos violentos.

Hay más trabajo doméstico (100 kilos), más tareas que cumplir con las hijas e hijos (100 kilos), ser buenas madres (80 kilos) y mejores esposas (80 kilos), hacer trabajo de oficina (60 kilos), poco dinero (90 kilos) y los extras que no dejan de aparecer cada día (50 kilos), entonces, simbólicamente cargamos más de media tonelada de peso sobre nuestros hombros y encima tenemos que estar simplemente bonitas y ser condescendientes. Todo eso es violencia, porque nos pone a hombres y mujeres en condiciones de desigualdad, una que ha sido construida socialmente dándoles a unos más privilegios que a las otras, más oportunidades y más posibilidades a ellos de decir no, pero ellas, difícilmente dicen no, teniendo consecuencias. Las mujeres que dicen no, viven entre el miedo, la trasgresión y el hostigamiento, pero sobre todo viven mayor violencia, no aceptar el condicionamiento social, de manera consciente o inconsciente se refleja en los testimonios y en las cifras que van y vienen en los informativos todos los días.

Michael Bachelet, Alta Comisionada de las Naciones Unidas en Derechos Humanos, señaló hace unos días, en referencia a datos del Fondo de Población de ese mismo organismo internacional, que de seguir el confinamiento sanitario, en seis meses estaremos ante una cifra global de 31 millones de casos adicionales de violencia de género. Para ser más explícita y dimensionar el tamaño de la estimación del UNFPA, diría que estamos hablando de más o menos las poblaciones totales de Afganistán, Venezuela, Perú, Angola o Ghana.

El mundo paralelo del fiscal oaxaqueño

La violencia aterra porque es inaceptable vivirla solo por haber nacido mujeres y porque la Constitución nos dice otra cosa. Como sociedad, cada día nos enfrentamos a 10 o más casos de feminicidios de mujeres, todos igualmente importantes, todos igualmente terribles, una mujer asesinada es una oportunidad menos para el mundo.

Insisto, no hay respuestas claras de quienes nos gobiernan. Los fracasos están a la vista. La impunidad es la campeona de estos días. En lugar de respuestas tenemos dilaciones, omisiones, simulaciones y complicidades. Tenemos, incluso, actos de violencia institucional.

Oaxaca es el ejemplo de la semana. Tres jóvenes encontradas en fosas clandestinas en Tuxtepec. La sociedad organizada acusa sobre la inacción, no las buscó la dependencia responsable: la Fiscalía General de Oaxaca a cargo de Rubén Vasconcelos Beltrán. El costo son tres vidas interrumpidas y el inmenso dolor para sus familias. Hay depredadores en la calle.

Casualmente la misma percepción, de acuerdo con realidades propias, de las madres de las víctimas de feminicidio. Cientos de expedientes que no llegan a ningún lado, otros que se integran a “modo” para no trastocar intereses de posibles victimarios, muchos de ellos actores políticos, empresarios, se protege hasta el narco, otros que, si se llevan ante las y los jueces, pero son desestimados por “malas investigaciones” o falta de pruebas. En el fondo nada.

La Fiscalía de Oaxaca es un ejemplo de la violencia institucional patriarcal que buena parte de la sociedad ya no quiere por sorda, ciega y muda. Ni ve ni oye ni habla con las víctimas, las ignora.

Desde la institucionalidad se amedrenta, se dejan carteles con amenazas de muerte simulando acciones del crimen organizado, ese que pulula en estos días. Ayer le pasó a Consorcio para el Diálogo Parlamentario y la Equidad Oaxaca, una organización que presta ayuda, solidaridad, sororidad con las víctimas directas o indirectas de los crímenes patriarcales. Una organización que no ha sido cómoda a los intereses de las instituciones gubernamentales, que exhibe sus deficiencias en los procesos de investigación, las mismas instituciones que no quieren que los cuestiones, que los confronten.

Ese funcionariado, cuyos titulares viven un mundo paralelo donde se soban la espalda y se dan palmaditas. Se inventan historias de éxito a pesar de que la realidad y los hechos muestran lo contrario. Luego pagan bots en su pretensión de minimizar o ridiculizar las expresiones de denuncia o de justicia. El mundo paralelo les es más cómodo, me queda claro, ellos no se molestan ni se ponen en los zapatos de las víctimas porque primero son mujeres y no les importan y segundo no son ni de su familia. Es como han dicho varias madres de víctimas de feminicidio: “a nosotras nos toca poner a nuestras hijas”. Esas vidas apagadas que se vuelven números, expedientes y la permanente promesa no cumplida de justicia, la violación de un derecho y otro.

El mundo paralelo de increíble fantasía. En los últimos días solo faltó que nos dijeran que Alexander, el adolescente asesinado en Acatlán de Pérez Figueroa, se suicidó. Pero muy cerca estuvo con aquello de que el arma del policía se accionó accidentalmente. Una pena tener esas respuestas que insultan la inteligencia humana.

Quién debe procurar justicia parece estar en un carrusel de ficción muy cómodo y divertido mientras la justicia se ve lejos, muy lejos.

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