COLUMNASDulce María Sauri Riancho

¿Nos importa?| Elección estadounidense

1.209 Vistas

Dulce María Sauri Riancho

SemMéxico. Cd. de México. 04 de noviembre 2020.- Este miércoles 4 de noviembre quizá ya haya triunfador de las elecciones en los Estados Unidos. O tal vez no.

Sin los resultados definitivos, las encuestas de salida y los datos preliminares sólo habrán permitido señalar a quien encabezaría el recuento antes de terminar el martes.

Sin embargo, no fue así en 2000, cuando hubo de transcurrir un mes para que la Suprema Corte de Justicia definiera a George Bush como ganador en Florida y, por tanto, de la presidencia de la república sobre el demócrata Al Gore.

En 2016 cundió el desconcierto cuando la votación popular dio el triunfo a Hillary Clinton, quien finalmente perdió frente a Donald Trump, que acumuló un mayor número de delegados.

En los Estados Unidos existe una tradición reeleccionista que favorece al presidente que busca refrendar su mandato. Como aconteció en 1992, 1996, 2004 y 2012, el candidato a vencer en 2020 era el presidente que buscaba la reelección. Sólo en una ocasión cercana, en 1992, el primer mandatario fue derrotado, cuando Bill Clinton se impuso a George Bush, padre.

En la elección presidencial de los Estados Unidos votan las y los ciudadanos estadounidenses. Pero interesa, sin exageración alguna, al mundo entero. Y muy particularmente a México, que comparte más de 3,000 km de frontera terrestre, un intenso intercambio comercial y fuertes flujos migratorios.

Nunca nos ha convenido inmiscuirnos en los asuntos electorales de nuestros poderosos vecinos. Además del riesgo de la equivocación, está la inutilidad del intento, porque no hay que olvidar: “Estados Unidos no tiene amigos, sólo intereses”, frase atribuida a John Foster Dulles, secretario de Estado de la década de 1950, que continúa siendo válida hasta la fecha.

Fue la lección que debió haber registrado la élite política mexicana cuando en 1992, con el afán de proteger la negociación avanzada para suscribir el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, pusimos los “huevos en la canasta” del presidente republicano que buscaba reelegirse. Ganó su retador, Bill Clinton, con quien el gobierno del presidente Carlos Salinas hubo de negociar la firma y puesta en marcha del TLCAN el 1º de enero de 1994.

Un año después, el mismo presidente Clinton, mediante Orden Ejecutiva, puso los medios para el rescate financiero de nuestro país, sumido en una profunda crisis económica, conocida en el mundo como el “Efecto Tequila”.

La prudencia adquirida por el error de cálculo duró más de dos décadas, hasta agosto de 2016, cuando se efectuó la visita del candidato republicano Donald Trump a Los Pinos. También se había invitado a la candidata demócrata, Hillary Clinton, pero ésta no respondió con la premura de su rival y su visita naufragó.

El hecho fue que México se convirtió en escenario para que, por primera vez, apareciera Trump con traje de estadista, aunque fuera sólo por un día, pues al regresar a la campaña electoral continuó con su estrategia de ataques a México y de descalificación a los migrantes mexicanos.

Es posible que esta “jugada de sacrificio” del gobierno de Enrique Peña Nieto haya hecho un poco menos difícil la renegociación del TLCAN, hasta llegar a la firma del T-MEC el último día de su gestión, el 30 de noviembre de 2018.

En los casi 11 meses que coincidieron los habitantes de Los Pinos y de la Casa Blanca, no hubo el menor intento del mandatario mexicano de pisar Washington.

El triunfo de Andrés Manuel López Obrador después de tres intentos electorales, el antecedente del libro de su autoría, “Oye, Trump”, parecía augurar rayos y centellas entre Palacio Nacional y la Oficina Oval. Por el contrario, una actitud “tersa”, rayana casi en sumisión del nuevo ejecutivo mexicano, permitió superar los puntos más conflictivos de la relación bilateral -migración, drogas, comercio-, dar paso al nuevo T-MEC (Usmec, para los estadounidenses) e incluso, recibir su beneplácito para ocupar un lugar como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

En estos años, ha cundido la convicción de que sólo Donald Trump es capaz de hacer recapitular o retroceder en alguna decisión al presidente López Obrador. No sólo en la política migratoria, que pasó de la invitación al tránsito por el territorio nacional de las caravanas que buscaban llegar a los Estados Unidos al virtual cierre de la frontera sur de México.

Trump también realizó la magia de convencer al presidente de México de efectuar su único viaje al extranjero en casi 2 años. Cierto que fue “relámpago”, de ida y vuelta, tiempo suficiente para la foto y el video que permitiera acreditar ante la comunidad latina en los Estados Unidos que López Obrador era “amigou” de quien busca la reelección.

Mucho se ha escrito de las posibles repercusiones de la visita del presidente de México a la Casa Blanca de Trump. Sentimientos personales aparte, no considero que tenga efectos severos en la complejidad de la relación bilateral.

Si gana el candidato demócrata Joe Biden, puede haber incomodidad, frialdad mientras los canales diplomáticos se adecuan a los nuevos equipos; quizá habría cambio de interlocutores por el lado mexicano. Pero las aguas retornarían al nivel necesario para convivir en materia de comercio y de inversión.

Si, contra todo pronóstico, Donald Trump logró la reelección ayer martes, la “luna de miel” durará un tiempo corto, antes que la cotidianidad nos regrese a los problemas que no tienen fácil solución: migración, narcotráfico, violencia.

Espero que la democracia representativa, federal y republicana más antigua del mundo logre superar los retos de la elección 2020. Que haya encontrado la vacuna en las urnas contra el virus de la intolerancia y la polarización, de la posverdad como visión del mundo. Vacunándose ellos facilitarán que los demás países inoculen sus propias dosis. Empezando por México.

Comment here

Accesibilidad