Juego de PalabrasYaneth Tamayo Ávalos

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Violencia sexual, un fenómeno multidimensional

* Socialmente ha sido invisibilizada, naturalizada

Yaneth Angélica Tamayo Ávalos

SemMéxico, 26 septiembre 2019.- La violencia ejercida en contra de las mujeres, ha sido un fenómeno multidimensional que se ha inscrito en las dinámicas sociales, producidas y reproducidas a través de roles, de estereotipos o discursos introyectados culturalmente sobre lo que implica ser mujer.

La violencia al tener variadas formas, suele ser grave o leve dependiendo del tipo de heridas generadas, o puede ser sutil y no dejar heridas graves.

Sin embargo, la violencia sexual que se ejecuta en contra de las mujeres es una de las formas más violentas; ya que degrada y daña el cuerpo, y la sexualidad de la víctima; además de atentar en contra de su libertad, dignidad e integridad física. Es una expresión de abuso de poder que implica la supremacía masculina sobre la mujer, al denigrarla y concebirla como objeto.

La OMS estima, que a nivel mundial una de cada tres mujeres (35 %) en el mundo han sufrido violencia física o sexual de pareja o violencia sexual por terceros en algún momento de su vida. Y que el 30 % de las mujeres que tienen pareja, han sufrido alguna forma de violencia fisca o sexual por parte de su pareja en algún momento de su vida.

No obstante, esta violencia sexual socialmente ha sido invisibilizada, normalizada y ha cierto grado minimizada, debido a circunstancias en donde la sociedad reprocha y le atribuye la culpa a la víctima -ella lo provocó, sino se vistiera de esa forma, no incitaría a los hombres-.

Y, por otra parte, la cultura de la violación que encuentra su origen en el poder, en el ansia de placer y en la hipersexualización en torno a la sexualidad masculina.

Por ello, es importante que la sociedad y el Estado, en un acto de corresponsabilidad sean consiente de que la violencia contra la mujer tiene serias consecuencias, que pueden ser duraderas y de amplio alcance.

 Con fuerte impacto en la salud reproductiva (traumatismo ginecológico, embarazos no deseados, aborto inseguro, disfunción sexual, infecciones de transmisión sexual (ITS), entre otras), en la salud mental (trastorno de estrés postraumático, depresión, ansiedad, dificultades del sueño, agresividad con el entorno, comportamiento suicida y trastorno de pánico).

Y a nivel conductual comportamientos de alto riesgo (relaciones sexuales sin protección, iniciación sexual consensual temprana, múltiples parejas sexuales, abuso del alcohol y otras drogas y riesgo de sufrir violencia sexual posteriormente), que incluyen, además, resultados mortales como asesinatos por violación o en defensa del “honor”, e infanticidio de una persona recién nacida como resultado de una violación. 

Por ello, la sociedad en conjunto con el Estado debe estar dispuesto a eliminar las ideas preconcebidas que se tienen sobre la víctima ya que la estructura social desalienta o impide la denuncia de hechos violentos; propiciando que la desigualdad y la inequidad sigan generando factores de riesgo en los diferentes contextos socioculturales.

El Estado debe reforzar la prevención de la violencia, así como la capacidad de dotar servicios que ayuden a las sobrevivientes de malos tratos y abusos, proporcionándoles apoyo inmediato y una atención sensible y apropiada.

Pero, además debe realizar un escrutinio de las normas, con fin de que estás garanticen el acceso real a la justicia de las mujeres sobrevivientes de abuso sexual, esto es, que no solo exista una sanción para los agresores, sino que además exista una reparación integral de los daños.

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