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El estadista que López Obrador no es

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Olimpia Flores Ortiz

SemMéxico, 12 de octubre, 2020.- Un Estadista edifica con gran visión, comprende con amplitud, piensa para las generaciones venideras y es un demócrata. En todo ello hay una ética de gobernar.

Cuando Andrés Manuel López Obrador era Jefe de Gobierno de la hoy Ciudad de México, un sábado seguí una gira por la Delegación Iztacalco, yo trabajaba para la primera delegada feminista de la Ciudad.

En cada estación de su gira, Andrés Manuel repetía exactamente el mismo discurso, en medio del cual declaraba con tono muy enfático “Porque yo no trabajo para las minorías…” y así vez con vez, desde entonces. Tuve la osadía de acercarme en uno de sus descensos de la tarima y decirle: “Señor, déjeme decirle que usted sí trabaja para las minorías porque trabaja para toda la población de la ciudad; lo que usted quiere decir es que no trabaja para los intereses de las élites”.

En la siguiente estación repitió su misma pieza discursiva, pero llegando al punto, se detuvo, dudó en repetir otra vez lo mismo y entonces dijo: “porque yo no trabajo para los intereses de las élites”.

Su pensamiento es desde siempre elemental, porque su conocimiento es precario. Pero su ignorancia le parece una virtud. Para estar con los pobres no se necesita saber, sino tender un manto protector. Recordemos que gusta decir de los que llama “los pobres”, que son como animalitos a los que hay que dar de comer. Y él es salvador y guía. Les dedica a ellos su espectáculo matutino.

Se permite por ello dar rienda suelta a su desdén por la inteligencia cultivada, por el conocimiento, por el arte, por la ciencia, por el profesionalismo, por el rigor y la disciplina de gobierno. Él por supuesto no es un estadista, no le interesa la estructura de Estado a la que desmantela, ni la Ley, de la que prescinde. Todo ello es resultado del pasado corrupto y ominoso y por lo tanto desechable.  Se considera el eslabón de la historia que hacía falta.

De visión corta, criterio estrecho, preocupado no de gobernar, sino de la siguiente elección, se nos ha revelado desde el principio de su gestión, como un destructor.  El estadista edifica, López Obrador destruye.

El justiciero reparte, y cree que ello le legitima para la autocracia, este es el sexenio en el que la República es de un solo hombre; y el Federalismo y la división de Poderes están usurpados. 

Sus nobles propósitos son suficientes para concentrar el poder. Bajo esa lógica con la que concibe el gobierno, le sobran para sus propósitos justicieros e intereses electorales, la ciencia y el conocimiento, por elitistas; entonces que nadie haga ciencia ni tenga conocimiento. El argumento manido es el de la corrupción que nunca se demuestra y que no se castiga.  No reencauza políticas, él solo desmantela. Así suspendió el aeropuerto de Texcoco, desmanteló el sistema de guarderías, despoja a la Administración de sus capacidades operativas, así borra de un plumazo los fideicomisos.

No se detuvo a entender la necesidad de los fideicomisos para instituciones con dinámicas sui generis, como son los proyectos de investigación que son su materia, que no pueden regirse con los criterios del plazo fiscal anual, por ejemplo. Andrés Manuel no estudia para sus diagnósticos, que son sentencias de muerte.   

El estadista es convocante, López Obrador gobierna por él y para él mismo. Para él, gobernar consiste en tener unan fijación: el poder; y un par de muletillas, los pobres y la corrupción. No le hace falta el concierto democrático, porque lo que él requiere es la profesión de fe del “pueblo”. Crees o estás en contra y fuera. Toda crítica es contraria al afán de la justicia que su persona encarna y lleva la carga de la culpa.

“Y me vi obligado a reconocer, en alabanza de la verdadera filosofía, que de ella depende el obtener una visión perfecta y total de lo que es justo, tanto en el terreno político como en el privado, y que no cesará en sus males el género humano hasta que los que son recta y verdaderamente filósofos ocupen los cargos públicos, o bien los que ejercen el poder en los Estados lleguen, por especial favor divino, a ser filósofos en el auténtico sentido de la palabra.”  (Platón en su famosa, meridiana y bella Carta séptima”.

Aristóteles en su Ética Nicomáquea:

“La cualidad del gobernante es la prudencia. Sólo el gobernante que es prudente puede ser justo y sabio. Y lo justo como gobierno es equiparable a la felicidad.” Esa fue la promesa y esa era la felicidad que estaba en su mano prodigar, pero engolosinado, asesta golpe tras golpe cercenando al país. La desaparición de los fideicomisos, bajo sus cansinos argumentos, es un atentado contra la institucionalidad, la inteligencia, la ciencia y la academia. No alcanza a ver que son un fruto de la sociedad y de su Estado. Ni tampoco que en esas políticas podría aportar su impronta. “Destrucción Innecesaria” escribió Ana Laura Magaloni en El Reforma el sábado 10 de octubre-.

Sigue Aristóteles:

“El buen gobierno es el de la Aristokratia, es el gobierno del rey filósofo, el gobierno del mejor. El rey filósofo se autogobierna y vive sistemáticamente en estado de autocontrol, porque sabe lo que es justo.”

La tragedia es que a México le gobierna este hombre desgobernado.

Oaxaca en semáforo naranja. Segunda semana de octubre.

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