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El verano de la diamantina rosa mexicano

  • Es una ola que viene a refrescar la lucha que feministas valientes construyeron desde 1975, año en que México fue la sede de la primera Conferencia Mundial de la Mujer, convocada por la ONU

Ivonne Melgar

SemMéxico. Ciudad de México. 26 de agosto 2019.- La nueva ola feminista nos ha arrastrado a la confrontación de lo que somos y veníamos haciendo.

Un movimiento juvenil que confronta a los gobernantes en la obligación de definir qué hacer con la violencia y quienes la ejercen.  

Una protesta que evidencia las pulsiones del viejo régimen cuando se cae en el guion de etiquetar a las inconformes como provocadoras.   

Una demanda que contradice la retórica oficial de que el pueblo es bueno y está feliz. Porque hay violaciones y feminicidios en las calles y en las casas. Y las mujeres jóvenes están hartas de eso.

Una ola popular que confirma el diagnóstico presidencial de que somos una sociedad crítica, politizada e indispuesta al silencio.

Una marea que nos saca del confort desde el que estábamos administrando la agenda de la equidad: a cuenta gotas, haciendo cálculos electorales.

Porque las movilizaciones de las jóvenes, con su rabia en las consignas y en las pintas al Ángel de la Independencia, pronuncian el miedo de una sociedad donde la muerte violenta se hizo cotidiana y tolerable.  

Es una ola que grita basta a la resignación ante un sistema de justicia que es sinónimo de impunidad.

Es un reconocimiento de la indefensión que obliga al consenso de asumir la emergencia.

La denuncia de que estamos en una crisis que compromete la vida de miles y que, como en terapia intensiva, reclama prisa y pericia, porque no bastan la buena voluntad y la fe.

Necesitamos actuar ya y a eso nos ha llamado la ola de la diamantina rosa, en tiempos del Me Too.

Es una ola que viene a refrescar la lucha que feministas valientes construyeron desde 1975, año en que México fue la sede de la primera Conferencia Mundial de la Mujer, convocada por la ONU.  

Desde entonces, las incansables activistas a favor de la igualdad, las cuotas, la paridad, la despenalización del aborto, el castigo al feminicidio, han sostenido un movimiento sólido, plural y, hoy lo sabemos, exitoso.

Porque esa gesta de más de cuatro décadas echó raíces y tiene alas en una generación decidida a ejercer la impaciencia.

Es una ola nueva que contagia y exige urgencia a las feministas que forjaron y heredaron los compromisos de la Conferencia Mundial de Beijing, en 1995, y que están presentes en los espacios del Estado mexicano como legisladoras, magistradas, juezas, ministras, sindicalistas, defensoras de derechos humanos, artistas, académicas, maestras, intelectuales, comunicadoras, alcaldesas, funcionarias, gobernantes…

Es también la primera protesta que, en el sexenio del presidente López Obrador,  logra la rectificación y la interlocución de sus autoridades.

Ninguna bandera había prosperado: ni el pronunciamiento unánime del Congreso para salvar las estancias infantiles. Ni los bloqueos campesinos liderados por legisladores de Morena. Menos el plantón de la Policía Federal.  

Sólo ellas, las jóvenes de la diamantina rosa, las del Yo sí te creo, Nos están matando y tú no haces nada, han conseguido, en la mesa del gobierno capitalino de Claudia Sheinbaum, la escucha que en un principio les regatearon.

Es una rectificación que ha dado a la jefa de gobierno y a las feministas de Morena, como la senadora Malú Micher, la oportunidad del reencuentro con las organizaciones de la sociedad civil, cuestionadas por el ejecutivo federal. 

Aun cuando el Presidente reprobó las pintas del viernes 16 de agosto, la preocupación por la violencia hacia las mujeres llegó a las mañaneras.  

Y como López Obrador lo anunció, la agenda de la violencia de género ya es tema de la evaluación de seguridad que diariamente sostiene con sus colaboradores y de la Guardia Nacional.

Por lo pronto, la jefa de gobierno pasó de la sospecha hacia las manifestantes al diálogo y a la definición de metas que, de tomarse con la seriedad prometida, podrían llevar a la CDMX a la lista de países que pasaron del infierno de la violencia a la fiesta del sentido de comunidad: Colombia, Uruguay, Chile.  

Este miércoles la presidenta de la Comisión de Derechos Humanos del DF, Nashieli Ramírez, llamó al gobierno de Sheinbaum a parar y sancionar las filtraciones de investigaciones en curso, hecho que afecta a 3 de cada 10 víctimas, y que desencadenó la lluvia de diamantina que cayó sobre Jesús Orta, titular de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la CDMX. 

No podría haber tenido Claudia Sheinbaum y sus colaboradores un mejor verano, el de asumir, de manera compartida, el desafío del feminismo popular y popularizado, ajeno a las historias de héroes salvadores y heredero de la mejor lucha por la democracia, la de la vida cotidiana entre hombres y mujeres que hoy reclaman ser libres en una ciudad asediada.  

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