DesobedienciaOlimpia Flores Ortiz

Desobediencia| Poder poder

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Olimpia Flores Ortiz

SemMéxico, 3 de agosto, 2020.- ¿Qué quiero poder poder? ¿Cuál es el poder que tengo? ¿Qué se puede poder?

Esta vez escribo, para responderle desde mi perspectiva a un querido amigo de la vida, @pacoroblesb1 quien piensa en estos tiempos inéditos, respecto de la vida propia, acerca de “la pérdida de certidumbre y la necesidad de retomar el control sobre la salud, la vida, el trabajo, el ingreso, la convivencia, la familia, la comunidad. La incertidumbre es la gran pérdida en nuestro presente y futuro inmediato.” Él dice “retomar”.

¿Cuándo mi querido Paco, hemos tenido algún tipo de control?  Esa es mi primera provocación. Como si en esta vida hubiera lugar a una suerte de certeza que nos permitiera conducirnos propiamente, es decir bajo el propio designio. No se puede buscar lo que de suyo no hay. Este es mi primer consuelo. 

Hablemos de soberanía, pero no de la de los estados nacionales, sino de la que le es propia a cada persona-sujeto. ¿Acaso el primer territorio humano no es el del propio ser? ¿Y no es acaso que al Sujeto así se le nombra, porque está efectivamente sujetado?

El Sujeto-Sujeta-Sujete se encuentra sujetado a las determinaciones de su subconsciente, en donde anidan y se anudan todas las figuras de autoridad que provienen de su biografía, sus interacciones, sus circunstancias; así, el padre, la madre, el Estado y su Ley, el Padre y su tradición, que le inoculan desde que emerge a la vida, la iglesia, la familia, la escuela, las instituciones, con sus creencias, sus leyes y mandatos teocráticos, y en nuestra era, la dinámica del mercado.

Nunca hemos sido dueños de nuestras decisiones; no hay voluntad inmanente del Sujeto, sino múltiples determinaciones concurrentes, que ineludiblemente se apegan al canon de la normalidad de un sistema binario en el que el hombre y la mujer desempeñan cada uno el papel predeterminado arquetípicamente por la religión, sus mandatos y sus prejuicios puestos en acto además entre la colectividad misma, cumpliendo así con el papel de vigilante; y por el Estado que no se atreve a divorciarse de las ideas teístas de “la familia heteropatriarcal”; y además en donde vivimos la ilusión de ser el estatus que se nos reconoce por el sistema y por el lugar que ocupamos en la producción y para la ganancia, desde lo que creemos ha sido la elección de vocación y la aspiración de vida. Y en donde cada quien administra su consumo según la lógica del mercado y sus manipulaciones.

Soberanía, Paco, no hay.

Sería trágico haber perdido el control, pero no es así, no se ha perdido nada. No lo tuvimos nunca y ahora ese control que nos invade y se nos cierne porque es al mismo tiempo subjetivo que sistémico, se nos aparece de otro modo gracias a la pandemia del Covid que nos hace sentir en estado de incertidumbre.

En cuanto a la supuesta pérdida de certidumbre, el principio de la incertidumbre asegura rotundamente que no es posible medir simultáneamente de forma precisa la posición y el momento lineal de una partícula. Esto fue lo que demostró el físico alemán Werner Karl Heisenberg en 1927. Y de dónde el filósofo francés Edgar Morin dice desde 1999 que “Hoy estamos en la noche y la bruma y nadie puede predecir el mañana (…). Por lo tanto, hay que prepararse para nuestro mundo incierto y esperar lo inesperado «, dicho en La cabeza bien puesta: Repensar la reforma. Reformar el pensamiento. Edgar Morin, y nos sigue diciendo, “Si lográsemos entender, al fin y al cabo (que) este es el siglo XXI, que no existen modelos fijos e invariables, (y) pudiésemos comenzar a proceder con la convicción de que el sistema que buscamos lo debemos hacer con lo que hemos llamado una interrogación ilimitada y que las realidades son producto de una partícula que llamaremos “búsqueda” que deberá ser siempre incierta y que no se mueve linealmente. Otra cosa no es el principio de la incertidumbre.” Edgar Morin

De modo Paco, que certidumbre no hay.

La racionalidad cartesiana desemboca en la supuesta autonomía del ser humano y de ahí que este amerite una ética moral. Pero “en ellas, el individuo y la moral se ven al mismo tiempo anulados y reconfirmados en un movimiento de transgresión y en relación con el mal.” Bataille. No estamos poniendo en jaque a la inmoralidad que ha surgido de ese paradigma del bien y el mal, en el que el bien es el mal y el mal es la encarnación del desengaño, el desafío a la mentira que proviene del bien.

Traigo ahora a Nietzsche: “Os diré lo que es el superhombre. Es el sentido de la tierra. ¡Yo os conjuro, hermanos míos, a que permanezcáis fieles al sentido de la tierra y no prestéis fe a los que os hablan de esperanzas ultraterrenas! Son destiladores de veneno. Son despreciadores de la vida; llevan dentro de sí el germen de la muerte y están envenenados. La Tierra está cansada de ellos; ¡muéranse pues de una vez!». Así habló Zaratustra En tiempos de pandemia, la Tierra nos manifiesta el hartazgo.

La muerte de Dios (el origen del mal), anunciada por Nietzsche, y tan controvertida sin entenderla, consiste en reconocer la responsabilidad de cada ser humano con su respectiva ética propia en su devenir. Para el francés Lévinas, esta ética consiste en seguirle la huella al otro, porque esta va más allá de la autoconservación. Es un canto común, cual el coro de la tragedia griega, que es el pueblo, que sigue la voz del poeta porque el poeta sí atisba la verdad.

 ¿Cómo ir en pos de la propia soberanía con ética? Retomemos el hilo con Georges Bataille: “Para acceder a ella es preciso poner en cuestión la propia vida, la propia razón, la propia individualidad separada y segura de sí, en una palabra, la idea misma de “propiedad”.

“Para acceder a la soberanía, hay que entregarse sin reserva y sin demora al incierto movimiento del amor, de la comunicación (festiva, erótica, estética) con el resto de los seres. En pocas palabras, hay que perderse a sí mismo. La soberanía no debe ser confundida con la posesión de un poder y un saber supremos, pues exige precisamente la pérdida, la donación, el sacrificio, la puesta en juego de todo saber y de todo poder, hasta el extremo del no-saber y de la impotencia.”  Y por fin la sentencia: “Defino la soberanía sin mezcla: el reino milagroso del no-saber”.  Todo ello siguió diciendo Bataille.  Parece que en realidad no sabemos nada.

¿Cómo buscar el resquicio por el que nos alejemos de la mentira? cuando “Conocer es siempre esforzarse, trabajar, es siempre una operación servil, indefinidamente retomada, indefinidamente repetida. Nunca el conocimiento es soberano: para ser soberano, debería tener lugar en el instante. Pero el instante permanece fuera, más acá o más allá de todo saber. Conocemos encadenamientos regulares en el tiempo, constantes, no sabemos nada, absolutamente, de lo que no adopta la forma de una operación, de una modalidad del ser servil, subordinada al porvenir, a su encadenamiento en el tiempo. Del instante no sabemos absolutamente nada. En una palabra, no sabemos nada de lo que en definitiva nos afecta, de lo que nos importa soberanamente. La operación que es el conocimiento se detiene desde el momento en que la soberanía es su objeto. Justamente, en el milagro, somos remitidos de la espera del porvenir a la presencia del instante, del instante iluminado por una luz milagrosa, luz de la soberanía de la vida liberada de su servidumbre.”

Pero ese instante, Paco, es el único tiempo que existe, ni el pasado ni el futuro. Y el instante es inaprensible e incognoscible.

¿Existe la soberanía? No, soberanía no hay, no es “NADA”. Si la visión del mundo actual dada en el pensamiento ligado a la primacía de la subjetividad consciente se extendiera, el mundo de las cosas escaparía al gobierno insensato de un pensamiento objetivo.”

Pero lo cierto Paco, ya que de certidumbre hablamos, es que si la obra de arte es el lugar de la fuga, entonces no nos queda más remedio que como Nietzsche, “Uno debe dar valor a su existencia comportándose como si fuera una obra de arte.”  Es lo que está en nuestro poder, poder.

En Oaxaca, empezando la primera semana de agosto, el mes del nacimiento de mis dos hijos, Emiliano y Sara. No les he visto.

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