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Sara Torres: «Sin darse cuenta, mi madre me ha enseñado a morir»

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  • La poesía da paso a la novela en la obra de esta autora, que debuta en la prosa con Lo que hay (Reservoir Books). En sus páginas, la escritora vive el duelo por el fallecimiento de su madre mientras se enfrenta al choque entre la monogamia, el amor y el deseo entre mujeres.

Irene González Rodríguez

SemMéxico, Ciudad de México, 22 de agosto del 2022.- La cafetería de un hotel junto a la playa recibe a Sara Torres (1995) en su ciudad natal, Gijón. Llega con su mascota, un pequeño perro llamado Pan, quien la escritora reconoce llevar a todas partes. Hace ya varios años que dejó Asturias, primero para irse a Londres, luego a Barcelona y ahora a Alemania, para desarrollar su trabajo como investigadora. A esta ciudad volvía, sin embargo, tras la muerte de su madre, diez años después de su diagnóstico de cáncer. Este retorno amargo es el comienzo de su última publicación, Lo que hay (Reservoir Books, 2022).

Esta novela es la primera y exitosa incursión en la prosa de una de las voces poéticas más destacadas de su generación gracias a libros como La otra genealogía (Torremozas, 2014), con el que ganó el premio nacional de poesía Gloria Fuertes, o El ritual del baño (La bella Varsovia, 2021). En Lo que hay, una hija que pierde a su madre mientras se despide súbitamente de su amante habla del deseo, el amor entre mujeres, la culpa, la enfermedad, el duelo y lo corpóreo.

¿Cómo ha sido el proceso de escribir la novela?

Fue un viaje un poco complicado por el nivel de intimidad que tenía. Al final era un viaje a través de mi propio luto con mi madre y el tiempo presente. Y claro, el cuerpo no siempre quiere ponerse a trabajar lo que le duele justo en el momento. A veces es fácil trabajar con las cosas que no están en el pico de dolor más fuerte. Y una escritura como la de la novela precisaba hacer el trabajo ya del duelo acelerado. En lugar de permitir los tiempos naturales, donde de pronto el cuerpo recuerda y el cuerpo olvida para poder llevar el luto a su propio ritmo de salud, tenía que estar enfrentándome a esa realidad día a día por horas.

Creo que de algún modo me ayudó mucho a no reprimir partes del duelo que quizás, naturalmente, hubiese reprimido porque me habría costado gestionar. Y al tener que buscar además una narrativa amable de lo que estaba viviendo, porque quería con las otras compartir más una narrativa amable que una tenebrosa, eso también me ayudó a mí para generar una especie de memoria construida de la relación con mi madre y del propio duelo. Porque ahora mismo yo me acuerdo más de la versión de la novela que de otra, si es que hay otra que es real. Entonces la versión que creé para la lectora para que fuese más amable, de pronto es la versión que he creado también para mí y es con la que me voy a quedar. O sea que me hecho un favor sin saberlo. [Risas]

¿Y por qué decidiste contar el duelo y el resto del mensaje que transmite la novela en prosa en lugar de en verso?

Porque mi poesía trabaja el misterio y trabaja en lo simbólico. Yo quería decirle a la lectora: «Ven, te voy a contar una historia desde el principio hasta el final». La poesía genera escenarios e impresiones. Con eso no puedes conseguir que una lectora haga el camino emocional del mismo modo. Era un ejercicio de sinceridad también, porque me di cuenta de todo lo que me escondía la poesía. A veces se piensa que la poesía es el género que dice todo por su nombre. Las verdades. Que habla del “yo” y no puede hablar de otra cosa. En realidad ha sido más fácil para mí esconder el “yo” en la poesía que esconderlo cuando de pronto tuve que empezar y terminar una historia. Y quería ser sincera porque si no, no iba a poder contarlo.

¿Cuál es la relación que juega el ser lesbiana y estar obligada a vivir el amor y el deseo desde los márgenes, con el cariz político que le das tanto en tu novela como en todo tu trabajo a estos temas?

Creo que es muy difícil crecer en una circunstancia donde estás sufriendo represión y no relacionar tu vida con algo político. Porque yo al final he sufrido… [se retracta]he vivido parte de mi deseo, de mi alegría y de mi amor de forma temerosa hasta casi la publicación de la novela. Por ejemplo, aquí en Asturias modulaba mucho más lo que decía,  en Londres era otro mundo. Separaba espacios, quería proteger a gente de mi familia, me limitaba en el discurso.

Si una persona se tiene que limitar a la hora de hablar y a la hora de estar en el espacio público, eso es político. No poder ver eso es un efecto del poder. Es decir, estás tan, tan, tan sometida por el poder que ni siquiera te das cuenta que callas y escondes para no ir en contra de la norma. En la medida en la que tú reconoces que callas y escondes para adaptarte a la norma, a partir de ahí, en ese reconocimiento y en lo que hagas después, tu ser es político.

¿Cómo se vive este ejercicio para vivir fuera de la norma?

No creo necesariamente que haya que hacer un ejercicio para vivir fuera de la norma. El cuerpo es incomodado constantemente por la norma, o sea, el cuerpo sufre la norma. Todos los cuerpos están sufriendo las normas. Los dolores físicos que tenemos, que tienen que ver con el tipo de posturas en las que vivimos y trabajamos, son una incomodidad de la norma. La dificultad para la alegría, la dificultad para dormir, la dificultad para disfrutar de una comida sin culpa son efectos de una norma restrictiva con los cuerpos. Hay que intentar ver las formas en que la norma impide la vida.

Hablas mucho de la culpa en la novela.

La culpa es uno de esos mecanismos de control más bestias y es muy efectiva verdaderamente. Lo que decía antes, cuerpos que se sienten culpables por disfrutar de la comida, por disfrutar de la alegría, por disfrutar del sexo. Esa es una forma de autorregular las acciones, porque como no pueden ocurrir con tranquilidad, sino que ocurren ya con el placer y el policía al mismo tiempo, ya nos vemos constantemente como limitadas por nosotras mismas. Hemos integrado el policía-norma en nuestra propia mirada hacia nosotras. Y la culpa es muy difícil también de identificar como algo que aunque esté en el interior, es fruto de un poder externo, porque como está interiorizada la reconocemos como parte de nosotras, ¿no? «Nadie me está haciendo sentir culpable, soy yo».

Es como las mujeres que mantienen el discurso de «no, yo me depilo para mí, yo adelgazo para mí, yo me hago la cirugía estética para mí». Es absolutamente respetable. Es para ti, pero es para ti en cuanto a que vives dentro de un sistema que te ha hecho integrar determinadas imágenes de lo que una mujer tiene que ser. Lo que pasa es que no tenemos herramientas críticas para pensar en ello. Estamos a la intemperie de herramientas críticas, la población general. Pero cuando en la conversación intentamos ofrecer herramientas críticas entonces haces el clic y lo ves.

La narradora dice que privilegiamos el amor de la pareja sobre los otros y otras. Sin embargo, reivindica diferentes afectos como horizontales: la pareja, la amante, la amiga… ¿Hay que cambiar la forma de pensar en los afectos, de hacer una jerarquía con las y los seres queridos?

Yo creo que las jerarquías en general sobran bastante. Es un modo de organización que siempre genera situaciones de poder y situaciones de vulnerabilidad. En un orden jerárquico siempre va a haber un cuerpo más vulnerable y un cuerpo que está “por encima de”. ¿Qué socialmente han funcionado las jerarquías para construir el mundo en el que vivimos? Sí. Creo que, en lo afectivo, las jerarquías son otra cosa que naturalizamos y que sentimos como normal. Es normal que yo privilegie este amor por encima del otro, pero en realidad el amor en sí mismo no es necesariamente jerárquico.

El amor tiene la capacidad de centrarse en el ahora. Si estás viviendo un momento de comunión y de amor con una amiga, con un perro, con un niño… En el momento en el que estás amando, eso es el centro jerárquico de tu mundo. Tu atención está puesta en ello. Y eso es verdadero. Ahora, ¿qué pasa? Si tú estás queriendo muchísimo a tu amiga en ese momento y te llega una llamada de tu pareja, tu mente racional sabe que ese vínculo está por encima de tu amiga y seguramente cortes ese encuentro, te levantes… Estás respondiendo a una organización que es a priori, no es necesariamente verdadera para ese momento. Confundimos muchas veces lo que viene de las ideas con lo que viene de lo afectivo, porque las ideas también construyen y determinan los afectos.

Sin embargo, también la narradora admite que prioriza el amor y el encuentro con la madre, que está por encima de todo lo demás. «Amar es amar siempre después de mi madre», escribes.

Sí, desde luego. En las relaciones y los afectos no es el título que llevan lo que marca su importancia, pero hay un eje de temporalidad y de intensidad muy importante. Con un cuerpo con el que yo llevo compartiendo el mundo de forma muy constructiva, porque me estoy empujando a entender a través de la otra, mi identidad pasa por ese cuerpo.

Con las parejas también llega un momento en el que no diferencias. ¿Exactamente yo quién era antes de conocerte a ti? ¿Cuántos rasgos míos tienen que ver con esta unión? Por tiempo y por intensidad creo que es normal que algunas relaciones tomen un peso fundamental en la vida. Sería ridículo pensar que un día con alguien ya puede competir con una vida de hacernos juntas. Eso no se habla mucho en el tema de las relaciones no monógamas. No tiene por qué haber una jerarquía de la pareja con respecto a otra persona, es que la pareja igual es alguien con quien llevas compartiendo vida durante x años y entonces obviamente hay mucho, mucho construido juntas que tiene un peso en quien tú eres. La clave igual es cambiar la atención, pensar en la relevancia de esa vida juntas y no solo en el título del vínculo.

Cuentas también ese momento en el que la imagen de la madre «todopoderosa» se rompe a través de la enfermedad y se vuelve vulnerable.

La madre en la novela es un poco complicada porque creo que es un personaje que, aunque se vuelva vulnerable, no quiere simbólicamente ser un cuerpo vulnerable. No, no quiere simbólicamente ser un cuerpo enfermo ni necesitado de cuidados. Quiere seguir siendo una autoridad. Y eso es un poco difícil, porque es más difícil a veces cuidar a las personas que no quieren entrar en el lenguaje de los cuidados, y que sacan fuerzas de donde sea para seguir manteniendo su estatus.

Tratas la relación enfermedad-género con el cáncer, lo describes como algo desgarrador.

Totalmente. Y desde luego esto lo cuento por las experiencias que he tenido personales con pacientes y con mi madre, por supuesto, pero también por cómo entiendo yo mis propios miedos. No necesito hablar con una mujer que ha vivido el cáncer para saber que mi miedo al cáncer tiene una matriz de género.  Porque cuando yo temo al cáncer me doy cuenta que yo no estoy temiendo ni a la muerte ni al dolor, yo estoy temiendo la mirada de los otros y de las otras. Incluso en un contexto no heterosexual. Yo tengo miedo a dejar de ser amada.

Mi miedo a la enfermedad siempre ha ido en la dirección de notar algo distinto en la mirada de las personas que tengo alrededor. O no conseguir un lenguaje común. Y no poder mantener mis vínculos porque el lenguaje de la productividad, de la alegría obligatoria pese tanto que no pueda unirme a él y entonces me quede fuera. Claro, todo eso, cuando analizo de dónde vienen mis miedos, entiendo que tiene mucho que ver con dejar de ser una imagen de mujer soportable para las y los otros.

La enfermedad parece entonces incompatible con el ritmo de la vida y del mundo en el que vivimos.

Claro. Y creo que también porque las personas que están al lado de personas que están pasando por una enfermedad tienen que cambiar sus ritmos de vida, sus objetivos y su modo de mirar el mundo. Porque si no, ese acompañamiento no es del todo compatible. Y tenemos tan impuesto este principio de productividad, alegría y efectividad que genera mucha ansiedad tener que parar el ritmo para cuidar o para amar. Lo hago porque por un lado me siento culpable, porque también está la moral de cuidar a las personas que amo, pero no me estoy pudiendo entregar a ese cuidado de forma bonita y transformadora para mí. No estoy pudiendo aprender todo lo que aprendería, que son herramientas para la vida propia también. En lugar de eso, estoy realizando otro trabajo, como otra tarea. El trabajo del cuidado. En lugar de poder estar en el cuidado de un modo que sea iluminador para, bueno, para ser más valientes en el futuro cuando nos toquen las cosas.

Aprender a enfermar es fundamental, y solo puedes hacerlo junto a personas que están enfermando. Si no hubiese visto morir a mi madre, no tendría ni idea de cómo se muere realmente. Entonces a veces pienso que, sin darse cuenta, mi madre me ha enseñado a morir. Y eso es increíble. Es mucho más importante que cualquier otra cosa.

¿Hay que cambiar el discurso en torno a la enfermedad y a la muerte?

Sí, yo creo que sí. Pero está reprimido a un nivel radicalísimo en Occidente, la idea de la muerte. Eso es algo que debe ocurrir al final de una vida alegre, productiva y maravillosa, habiendo cumplido todos los objetivos. Es como si fuese simplemente algo que ocurre cuando ya has cumplido todos tus objetivos, incluso el objetivo de ser «un anciano deportista, que come ecológico, que cuida de sus nietos». Es como una serie de trabajos infinitos y después la muerte, ¿no? Eso es tremendo. Porque la muerte no es nada más que la relajación de la vida hacia otro lado. Pero como tampoco tenemos mucha idea de lo que es la vida sin el trabajo, la vida sin la identidad, la vida sin las obligaciones, no sabemos mucho ni de la vida en sí misma ni de la muerte.

También está el discurso sobre los cuerpos. En la novela hablas de lo corpóreo de una forma muy singular: te centras en el tacto, en el olfato…

Porque las veces que más sientes que estás conectada al cuerpo te das cuenta de que el cuerpo no tiene que ver con toda la proyección de lo visual. Estar en el cuerpo no es ni estar en el hilo mental de las ideas ni estar juzgando visualmente todo lo que tenemos alrededor. Suele venir por otras vías, por el tacto, por el gusto, por el olfato. Y cuando conseguimos que se relaje la vista y que otros sentidos formen parte de la información que estamos recibiendo, el miedo también se relaja. El miedo al juicio de los otros, otras. Porque si somos personas que estamos juzgando todo el rato, también proyectamos el miedo a que los otros nos juzguen al mismo nivel que juzgamos. Vivimos como en una tensión constante, pensando «buf, como el otro piense las cosas que pienso yo….»[Risas]

Y en cuanto a lectora o el lector que se encuentre con el libro, ¿crees que es difícil suprimir el nivel de juicio ante el relato?

Eso es algo que a mí me importa un montón. Porque tenía muchísimo miedo a ser juzgada por las lectoras al ser un texto tan biográfico, tenía mucho miedo a que la narradora de alguna forma no fuese entendida. Y ha sido una sorpresa muy, muy bella y para mí muy sanadora, sentir que verdaderamente a la narradora se la entiende. Hay una capacidad empática de ponerse en el lugar de la otra. Y claro, ¿por qué la lectora, aunque venga de un contexto y de una ideología y de un pasado completamente distinto a la narradora, la entiende? Porque está hablando de lo que importa, de todos los detalles, de las cosas que nos sacamos de las conversaciones porque nos resultan demasiado íntimas o demasiado escatológicas, no se está callando cosas.

Eso me hace pensar que, a pesar de las diferencias, cuando hablamos con profundidad, con detalle y con sinceridad, tenemos todas las herramientas para entendernos. Cuando hablamos desde las ideologías, desde los eslóganes…esa es la confrontación más bestia. En lo corporal, en lo animal y en lo humano, a un nivel más afectivo, sensorial, ahí podemos encontrarnos. Pero hay tanto discurso superficial, reduccionista, que genera la sensación de que los otros son radicalmente distintos y que nunca nos entenderían. Y ya nunca nos acercamos porque tenemos miedo al choque.

¿Hay algún aspecto de la novela del que todavía no te hayan preguntado?

Tal vez hay algo que no se esté hablando mucho que tiene que ver con las tensiones entre la necesidad de una vida propia, como una necesidad humana de tener cierta libertad de albedrío, de tomar decisiones, de poder desarrollarse siendo dueña de tu propia vida; y la necesidad brutal de los afectos. La necesidad de vivir con las otras y todas las limitaciones también que conlleva el amor. Porque el amor al final, materializado en una serie de relaciones, implica una serie de negociaciones de la vida propia. En el caso de la narradora, uno de esos conflictos que atraviesa su vida es esta pulsión entre el deseo salvaje, a veces salvaje, de una vida propia, de decir «lo hago porque lo deseo, porque lo pienso», y la necesidad y el deseo brutal de una vida junto a las otras y con las otras, y por lo tanto la pérdida de esa vida propia en la negociación de la vida común.

Es una negociación constante en el libro, ¿no? El ver qué pérdidas merecen la pena.

Desde luego, todas estamos perdiendo y ganando. Hay una cosa que creo que es bonita en el libro que es que ahí hay vínculos de amor que se vuelven tan necesarios, que son tan parte de la vida, que sí son capaces de transformarse para no desaparecer. Como el vínculo madre hija. A pesar de que haya violencias, dolores, conflictos, miedos… Es una relación tan potente que se estrangula a sí misma, cambia de forma, cambia de sólido a líquido, a gas, para seguir siendo, para seguir ese rastro de olor. Y con la pareja pasa lo mismo. Disolver ese amor no es una posibilidad, no es imaginable. Es mucho más imaginable tomar mil vías distintas para quererse y seguir juntas.

Creo que a veces tenemos hoy en día discursos de esta higiene afectiva que te pide disolver rápidamente, romper. ¿Pero entonces qué? Vamos a entrar en una serie de vínculos seriales, uno tras otro, pero ya no solamente con las parejas, sino con las amigas, con lo que sea. Donde «todo tiene que ser exactamente como yo creo que tiene que ser y en el momento en el que fallan ciertos factores no me compensa». Con una lógica económica. Y entonces «cierro limpiamente, no te vuelvo a hablar y empiezo con un nuevo vínculo, una nueva amistad, una relación ideal» hasta que de nuevo los términos fracasan. A mí me parece agotador pensar, por ejemplo, en que yo tuviese que vender una nueva moto del amor perfecto a una persona cada dos, tres años o el tiempo que sea. Intentar empezar desde cero siendo de nuevo la persona que vende la moto, que negocia.

Claro, yo no pienso que la realidad de los afectos a nivel pulsional sea así, es mucho más complejo. Y si nos volvemos tan, tan limpias en nuestra forma de organizar lo afectivo estamos casi haciendo un ejercicio empresarial, como de inversión. Estamos pensando en términos de empresa. Y estamos viendo con qué sujeto puedo llevar a cabo mi proyecto de forma más efectiva, imponiendo unos objetivos. Entonces podemos instrumentalizar al otro para amarle. Yo creo que el amor no tiene nada que ver con eso. Aunque se pueda amar también en esos términos, desde luego. Pero sí, creo que es necesario relajarnos de alguna manera, relajar los objetivos, dejar de vivir constantemente con nuestros objetivos y nuestros fines por delante.

SEM/MG

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