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Vida y lectura| Desde ángulos diferentes

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Marcela Eternod Arámburu

SemMéxico, Cd. México; 30 de mayo de 2022.- No todo lo que uno lee es recomendable, ni causa buena impresión en las o los lectores. Desde hace muchos años se producen libros que realmente no valen la pena, muchos de ellos, obedecen al arcaico dicho de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro, que ha llevado a que se publiquen cientos de libros insustanciales. También hay libros que solo provocan preocupación y desconsuelo porque concluyen que no hay ni alternativa ni salida, o que lo que se tiene que hacer es una tarea titánica que demanda esfuerzos hercúleos y voluntades tan férreas que nos llevan a rogar por un milagro considerando las capacidades actuales.

Aunado a ello, hay que agregar los muy destacables esfuerzos que se realizan al escribir libros que tratan de delimitar un tema y encontrar soluciones a problemas complejos; libros donde se aprecian el esfuerzo y buenas intenciones de quienes los escriben, donde se ve el trabajo de investigación y la audacia por imaginar soluciones viables, pero que fracasan porque sus propuestas deben enfrentar una realidad estructural que se consolida día con día, evitando las alternativas de solución.

En 2014, Sara Sefchovich Wasongarz, a quien leo semanalmente porque me gusta su perspicacia, su sentido del humor y su preocupación para que superemos la indiferencia colectiva, publicó un libro, “¡Atrévete! Propuesta hereje contra la violencia en México”, que partiendo de un abrumador diagnóstico sobre la violencia que desde hace años se incrementa en nuestro país, propone una alternativa para enfrentarla que tiene su columna vertebral en las mujeres. A su propuesta, ella misma la denomina hereje, porque desecha las limitadas soluciones que se han instrumentado ante la violencia cotidiana, la incapacidad de garantizar la seguridad pública, la corrupción y la impunidad en la que se mueven los perpetradores, la ineficiencia del Estado y el fracaso de las políticas públicas.

La propuesta de Sefchovich es que las mujeres, básicamente las madres, pero también esposas, tías, abuelas y hermanas, las mujeres como colectivo, asuman la responsabilidad de —utilizando sus múltiples poderes emocionales— convencer a los delincuentes de contener las expresiones de barbarismo y crueldad que utilizan para alcanzar sus metas. No se trata de que los exhorten a delinquir con empatía, ni que les exijan límites voluntarios que reconozcan a los otros y los traten con consideración; se trata de redefinir las responsabilidades de la maternidad y de asumir el compromiso de educar construyendo una nueva ciudadanía, que tenga como objetivo vivir en paz.

La autora propone pequeñas, pero constantes, acciones que transformen el espacio privado, eliminando muchas de las expresiones más comunes de la violencia al interior de las familias, acciones de colaboración que incidan en el entorno comunitario, en el escolar,  en el laboral, para con ello transformar las formas de convivencia y rehacer el tejido social de las colonias, con acciones de cooperación, respeto y colaboración que construyan comunidades orientadas a convivir en paz.

Por otro lado, en 2021, la periodista Anabel Hernández García publicó “Emma y las otras señoras del narco” para presentar un panorama del importante papel que desempeñan las mujeres dentro del crimen organizado. Cuenta Hernández que entrevistarlas la hizo “reflexionar sobre el papel de las mujeres dentro de los cárteles de la droga, no como ‘objetos decorativos’ como las pintan en las series de televisión, sino desde el punto de vista del rol que juegan dentro de los núcleos de las familias del narcotráfico y las vidas personales de los narcotraficantes”.

En su libro presenta a Emma Coronel y a Lucero Sánchez López, esposas de Joaquín Guzmán Loera; a Diana Espinosa, relacionada durante años con Rafael Caro Quintero, al frente del cártel de Guadalajara. A Marcela Rubiales y Zoyla Flor, vinculadas con Ernesto Fonseca Carrillo, junto con los nombres de sus cuatro esposas y sus múltiples novias, en un capítulo de horror que presenta hechos y excesos de violencia inenarrables. Ni que decir de Doña Blanca, la familia Garibay y la famosa Brenda Félix Ochoa, cuya historia es una tragedia griega elevada a la quinta potencia, que navega por ríos de sangre, crueldad y venganza. Las historias de amor de La Barbie con Priscilla Montemayor y con las demás muñecas es, por decir lo menos, espeluznante. El capítulo de Alicia Machado Fajardo, la Miss Universo a quien el impresentable Trump apodaba “Miss Peggy” y obligaba a espartanas sesiones de ejercicio, es una historia de excesos en un mundo que se caracteriza por hacer lo que se quiere sin limitaciones de ningún tipo por el poder que otorgan los ríos de dinero que proporcionan las drogas, particularmente la cocaína.

Ni que decir de la joyita apodada “el bombón asesino”. Si ellos son despiadados, ellas son sanguinarias, si ellos son audaces, ellas son maestras de la intriga y la traición, si ellos son crueles y voluntariosos, ellas, son implacables en su complicidad. Hernández considera que su libro puede abrir el camino a las mujeres vinculadas al narcotráfico, para que denuncien y rompan los pactos de silencio e impunidad que sostienen a los grupos delincuenciales.

Dos visiones, dos esquemas, en donde se destaca a las mujeres desde polos opuestos que, sin embargo, se conciben como posibilidad de incidencia. En un caso para cambiar las conductas y en el otro para reproducir la violencia y mantener las áreas de influencia y de poder. Dos perspectivas contrarias que comparten la idea de que las mujeres son fundamentales para, desde un ángulo reducir la violencia y reeducarnos en la civilidad; y desde otro, garantizar el crecimiento y consolidación de las poderosas dinastías criminales.

Ninguno de los libros convence, pero el esfuerzo ahí está y muestra la preocupación por tratar de abordar un problema desde la óptica de las políticas públicas y en el ámbito de las responsabilidades del Estado. A lo que me opongo, directa y frontalmente, es a la idea de que sean las mujeres las que, obligadamente, asuman la responsabilidad de enfrentar la violencia porque eso le corresponde a diversas instituciones, dependencias y niveles de gobierno, a la ciudadanía y a la gobernanza, y es tarea de muchas personas en todo el país. Pensar que las mujeres son el “pilar esencial para reconstruir la nación” para reeducar y modificar conductas y actitudes, y para erradicar la violencia criminal es tan fantasioso como creer que las mujeres que acompañan a la delincuencia en sus muy diversas modalidades pueden denunciar a los perpetradores, renunciar a sus privilegios y contribuir a solucionar el problema. En suma, dos lecturas que incrementan nuestra preocupación y desconsuelo.

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