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Vida y Lectura| María Juana Moliner Ruiz

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Marcela Eternod Arámburu

SemMéxico, Aguascalientes, 12 de diciembre del 2022.- Inmaculada de la Fuente González relata, en su libro “El exilio interior. La vida de María Moliner” que Gabriel García Márquez, al igual que miles de personas, le agradeció efusivamente a Moliner su diccionario, afirmando que ella había escrito “el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana.” Y es ineludible suscribir lo dicho por el nobel colombiano.

Escribir un diccionario es una tarea titánica y su elaboración requiere del trabajo de profusos equipos, coordinados durante años. Eso sucede con prácticamente todos los diccionarios que tienen por objetivo ser la mejor referencia para utilizar, conocer y comprender el uso de las palabras, sus acepciones, sus etimologías y complejidades. En el caso del español, esta hazaña fue realizada por una sola persona, una mujer que invirtió 15 largos años de su vida en hacer un diccionario que posibilitara mejorar la sintaxis y conocer la mejor manera de utilizar cada palabra. Un diccionario único en el mundo, inundado de ejemplos y precisiones que permiten escribir bien y con apego a las connotaciones a las que obliga el contexto y la intención de quien escribe.

María Moliner escribió el “Diccionario del Uso del Español” en su casa, a mano y con ayudas esporádicas de familiares, amistades y colaboradoras. Con una disciplina que solo en parte obedecía a una pasión, porque sobre todo respondía a ese “exilio interior” al que se vieron arrastradas millones de personas que se vieron obligadas a permanecer en España, con la derrota de la República española y la imposición, a sangre, fuego, delación y constante terror, del perverso y nefasto franquismo.

El libro de Inmaculada de la Fuente es un admirado homenaje a Moliner, a su trabajo, a su vida y a su manera de ser. Pero no se trata de ese enamoramiento que sufren, a veces, los y las biógrafas ante su personaje, enamoramiento que subyuga, pero también obnubila. En este caso, se trata de una investigación rigurosa y una búsqueda cuidadosa de fuentes que le permiten a la autora construir explicaciones, plantear hipótesis, cuestionar afirmaciones e iluminar esos grises años de la vida de Moliner que nunca habían sido objeto de atención.

Para Inmaculada, dar cuenta de la vida de la lexicógrafa le exigió una rigurosidad poco frecuente. No se tomó, como autora, ninguna libertad, ni complementó con la imaginación los faltantes, tampoco especuló. Las hipótesis que sugiere se basan en muchas referencias, documentos y testimonios, como si estuviera dando un examen de grado y se le preguntara ¿en qué se basa usted para afirmar tal o cual cosa? Al comprobar el abandono del padre de María, no hace sino constatar que partió como médico de barco para Buenos Aires y, en su segundo viaje, decidió no regresar a España, dejando en una situación precaria a un trío de pequeños, a cargo de una madre que disimuló por años el abandono.

Para afirmar que la educación de los Moliner Ruiz (Enrique, María y Matilde) se vio muy limitada por su situación económica, indaga sobre qué tanto pudieron asistir en forma regular a la escuela, en dónde hay evidencias de que estuvieron inscritos, por qué tuvieron que presentarse a exámenes libres de suficiencia académica, ante la imposibilidad de asistir a la escuela. En qué registros se encuentran sus nombres, en cuáles no y cuál es la causa probable.

Sin embargo, lo que más llama la atención en esta biografía es el ambiente de miedo, de extrema prudencia, de contención, en la que vive España durante el franquismo. Esos interminables años de la dictadura feroz que le permitieron a Moliner escribir su diccionario, una vez que sus sueños republicanos de bibliotecas públicas y libros para todas las gentes, en todos los municipios, murió. Esa atmósfera de terror que desencadenó el famoso “Pliego de Cargos” al que se vieron sometidos todos los que habían trabajado con el gobierno republicano, o que habían simpatizado con él, o que alguien denunciaba que así había sido, todos los que se vieron obligados a vivir exiliados en su propia tierra.

En el caso de Moliner fue acusada de “roja”, “muy leal” a los rojos, y no faltó quien declarara falsamente que ella se había “…manifestado durante este periodo como roja rabiosa…”. Nada más lejos de la verdad, porque a María lo que le interesaban eran las bibliotecas populares, rurales y accesibles para todos y todas. Durante los años republicanos Moliner se centró en ello: Libros, promoción de la lectura, bibliotecas, nuevos libros, redes de intercambio, preservar el patrimonio local y fortalecer los liderazgos de quienes promocionaban la lectura.

Minuciosamente, Inmaculada de la Fuente da cuenta del absurdo proceso que sufrió Moliner en manos de los franquistas, la defensa a la que se vio orillada ante las acusaciones y, finalmente, la resolución de su caso: su degradación laboral, en más de 15 escalones del escalafón, regresándola al puesto que ocupó muchos años atrás. “El exilio interior -afirma la autora- no solo implica esconderse, callarse o protegerse. Hay algo peor, mucho peor…convivir y compartir con el enemigo”. Es en ese ambiente de desolación donde cobra fuerza la idea del diccionario, donde una idea de hacer algo útil, funcional y necesario, que a la vez que entretiene y distrae de las penurias cotidianas se transforma en el motor de una hazaña que se va configurando cada tarde.

Quizá, tal vez quizá, la organización que decide darle Moliner a su diccionario -se aventura a decir Inmaculada- obedezca a la necesidad de organizar un mundo diferente al que está condenada a vivir, un mundo que permita la armonía, los lazos comunicantes, las familias afines de palabras y raíces; la organización y la amplitud, las relaciones y los ejemplos. El diccionario, entonces, es el mundo que Moliner construye, dándole orden, peso y dimensión a esos tabiques que son las palabras. Es pues, un arduo poema de resistencia y tesón.

En la biografía que sobre Moliner escribe Inmaculada de la Fuente hay mucha más información. Al leerla, se dimensiona la magnitud del trabajo que deslumbró a escritores, traductores, especialistas, periodistas, filólogos, gramáticos y demás especialistas en todo el mundo. Pero todo eso no fue suficiente. A la mayoría de los notables, responsables de decidir sobre su ingreso a la Real Academia Española de la Lengua no le bastó que en solitario se escribiera un diccionario único en el mundo, no fue suficiente su alma de lingüista, su mente de ingeniera o su espíritu Saussureano, ni tampoco su dedicación y perfeccionismo. La Real Academia, igual que hizo con Gertrudis Gómez de Avellaneda y con Emilia Pardo Bazán, le negó a Moliner la silla que le correspondía. ¡Que inmensa vergüenza!

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