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Vida y Lectura| Pedagogías de la violencia

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Marcela Eternod Arámburu

SemMéxico, Aguascalientes; 13 de junio de 2022.- Conocí a Rita Segato en uno de los encuentros anuales de estadísticas de género, que organizan —en México— un destacado grupo de instituciones (CEPAL, INEGI, INMUJERES, ONUMUJERES y otras) con la finalidad de dimensionar las brechas de desigualdad entre mujeres y hombres en todas las esferas, y que reúnen a las y los productores de información estadística con los mecanismos para el adelanto de las mujeres en Latinoamérica, a quienes acompaña un nutrido grupo de personas expertas y destacadas por su producción intelectual en relación con las temáticas de género, discriminación y desigualdad, principalmente.

De entrada, hay que decirlo, llama la atención su transparente inclinación a pensar bien, con coherencia y profundidad, y durante mucho tiempo, buscando las interconexiones sin certezas previas, y a construir hipótesis explicativas de lo que observa, utilizando robustos andamiajes teóricos, a los que somete a una constante crítica. Hoy, reflexionar sobre lo que sucede, es un ejercicio infrecuente, en un contexto generalizado de superficialidad e indiferencia, donde las mentiras se producen en ráfagas imparables y a muy pocas personas les importa la verdad. Se prefiere la astucia, la marrullería y la insensatez.

Segato participó en 2006 en los grupos de trabajo que se organizaron para tratar de entender la tragedia que se estaba viviendo en Ciudad Juárez, cuya fama mundial se debe a los salvajes asesinatos de las mujeres que ocurrían en esa ciudad, con total impunidad. Esa experiencia le permitió visualizar la violencia de género como una cruel apropiación de los cuerpos de las mujeres y acuñar el concepto de ‘femigenocidio’ para transmitir la idea de que los crímenes contra las mujeres alcanzan el grado de genocidio.

Es cierto, que la apropiación violenta de los cuerpos de las mujeres y las niñas ha cobrado visibilidad, pero hoy, en nuestro país, no se previene, no se atiende y mucho menos se sanciona. De hecho, es un tema muy secundario en la agenda gubernamental, al grado de que ahora se puede afirmar que todo el país se ha juarizado (Rita Segato, diciembre de 2021).

A mediados de 2016, Segato dictó tres conferencias magistrales en la ciudad de Rosario, Argentina. Esas conferencias se editaron como un libro “Contra pedagogías de la crueldad” en 2018, y en él muestra como hemos asimilado la violencia y la crueldad, y hemos perdido aceleradamente nuestra capacidad de compasión, empatía y respeto hacia la vida, particularmente de los seres humanos, sin excluir la de otras especies que, simplemente, son arrasadas por la nuestra.

En términos llanos, la pedagogía da cuenta de las formas en las que se enseña, las maneras en las que se educa y las técnicas que para ello se emplean. Por ello, Rita Segato propone una contra pedagogía, partiendo de un hecho evidentemente verificable y cierto: durante muchos años, las sociedades han estado inmersas en una constante pedagogía de la violencia, la cual nos enseña a normalizarla y, además, a no reaccionar ante ella. “Llamo pedagogías de la crueldad a todos los actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas.

En ese sentido, estas pedagogías enseñan algo que va mucho más allá del matar, enseñan a matar de una muerte desritualizada, de una muerte que deja apenas residuos en el lugar del difunto. La trata y la explotación sexual practicadas en estos días son los más perfectos ejemplos y, al mismo tiempo, alegorías de lo que quiero decir con pedagogías de la crueldad.”

La lectura de este texto —que no es fácil— es tan aterradora como las narraciones de lo que pasaba en los campos de concentración alemanes, que enfermaban físicamente a quienes las escuchaban. Los actos de barbarie, que vemos hoy en la cotidianidad con normalidad, obedecen a esa pedagogía de la crueldad que hemos aprendido y asimilado, y que aceptamos como si fuera ajena, como si ocurriera en la ficción y no afectara directamente nuestra propia humanidad.

Estamos, como sociedad, en un punto en el que ya se perdió la capacidad de sentir con las y los otros, de condolernos ante las muchas caras de las violencias, en la más absoluta de las inconciencias colectivas. Es escandaloso, es aterrador, es temible. Y lo es porque aceptamos una realidad inadmisible, una cotidianidad sanguinaria, como si lo que narran los historiadores sobre Calígula, Stalin, Idi Amin, Iván el terrible, Leopoldo de Bélgica —el azote del Congo—, o el despiadado Bokassa, fueran historias inverosímiles y muy lejanas de nuestras propias historias de niñas y jovencitas desaparecidas, prostituidas o vendidas; de millones de mujeres que viven violencia doméstica, sexual, laboral o comunitaria, por citar algunas, en la más absoluta indefensión.

Afirma Segato que la exposición que vivimos a la constante repetición de la violencia produce un efecto de “normalización de un paisaje de crueldad”, y esa normalización va aumentando: 100 mil desaparecidos, poca cosa; 10 feminicidios diarios, a quién le importan; fosas clandestinas por todos lados con cientos de cuerpos, démosle vuelta a la página; acoso y violaciones sexuales, en qué andarían esas niñas; pederastia comprobada en las iglesias, se arregla con dinero, con tratos con las fiscalías y que sigan predicando; demandas feministas, son cosas de mujeres y, en esencia, al Estado y al poder no les importan.

Realmente, debería de resultar impensable el tomar y asimilar las clases cotidianas de violencia y crueldad sin una pizca de preocupación, pero no es así. Es por ello que el texto de Segato cobra relevancia para la sobrevivencia social. En la salvaje barbarie es impensable.

Tenemos que trabajar en una contra pedagogía de la violencia y la crueldad, en una contra pedagogía del patriarcado, de las masculinidades, del poder, la guerra, la sumisión y el control. Y esa contra pedagogía se fundamenta en el principio de la igualdad elemental de las personas que matiza las divisiones y permite establecer nuevos límites en las relaciones.

Y es en ese contexto contra pedagógico, que, sin minimizar las muchas asimetrías y desigualdades existentes, es evidente que hay una asimetría transversal y universal, entre hombres y mujeres que, de ser atendida, permitirá deconstruir esa narrativa de privilegio, apropiación, autoridad, violencia, crueldad y deshumanización. Solo con una contra pedagogía de la violencia, podemos modificar las pautas patriarcales de la masculinidad que la generan y desarrollar la compasión, la empatía y la hermandad como valores civilizatorios.

Las reflexiones de Segato sobre la pedagogía de la crueldad, se pueden extender a una pedagogía de la ineptitud, de la indiferencia, de la mentira, de la impunidad o de la corrupción. Se requieren urgentemente las contra pedagogías, empezando por extender aquella revolucionaria idea, cuyo peso ontológico es indudable, de que las mujeres son personas. Es decir, gran parte de la contra pedagogía de la crueldad, tiene como alternativa axiológica, relacional y existencial a un vigoroso feminismo, el cual con toda su diversidad ha identificado en la ideología patriarcal el enemigo a vencer para evolucionar como seres humanos.

En “La guerra contra las mujeres” —texto que complementa el de “Contra pedagogías de la crueldad”— las y los lectores tienen una apretada síntesis del largo proceso de trabajo, observación, escucha, investigación y reflexión, al cual Rita Segato le ha dedicado toda su vida.

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