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Vida y Lectura| RITA LEVI MONTALCINI

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Marcela Eternod Arámburu

SemMéxico, Aguascalientes, 28 de enero, 2022.- Un refrán que tiene visos de desaparecer —dado el incremento en la esperanza de vida de la población en muchos países— es aquel que afirma que “no hay mal que dure cien años…”. Sin embargo, hace pocos días un expresidente de México cumplió la friolera de cien años y pensé que era más edificante hablar de una de las mujeres más brillantes, generosas y bien humoradas del siglo XX, que murió a los 103 años, dejando un legado, sin lugar a dudas, digno de encomio.
Se trata de la médica italiana Rita Levi Montalcini, que se especializó en neurología y en psiquiatría en la Universidad de Turín, y trabajó cerca de 30 años en la Universidad Washington de Saint Louis, en los Estados Unidos. Recibió el premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1986 (junto al bioquímico Stanley Cohen) y dejó un legado científico y personal extraordinario. Aunque lo que realmente quería estudiar, y así lo narra ella misma, era filosofía, disciplina que le fue negada porque la facultad de filosofía de la Universidad de Turín no aceptaba mujeres en las primeras décadas de los años mil novecientos.
Es cierto que las autobiografías tienden al autoelogio y, la mayoría de las veces, eliminan hechos, claro-oscuros, errores y miserias personales. No es el caso, como buena científica, Rita Levi Montalcini sabía que los errores son indispensables para el aprendizaje, y que el conocimiento de los mismos es tan importante como el de los hallazgos, las certezas y las comprobaciones. Sabía que las dudas y los cuestionamientos son parte del crecimiento y del avance o progreso de cada persona, y por ello narra sus dubitaciones con humor e ironía.
En este relato autobiográfico, el contexto histórico del siglo pasado —por lo demás determinante— es preciso y envuelve la biografía de una mujer que nació en 1909, en una familia judía, en una Italia católica que pocos años después fue fascista. Rita Levi Montalcini vivió una guerra que, todavía hoy, tiene muchas tragedias que lamentar, muchas lecciones que transmitir y un legado contra la discriminación y la exclusión que urge consolidar, antes que las abominaciones se repitan.
Quizá fue ese contexto la que la forjó como persona y definió algunas de sus cualidades: tenacidad, perseverancia, trabajo intenso, pasión por el conocimiento, dedicación, honestidad intelectual, colaboración, valor para defender la verdad y generosidad con sus muchos saberes.
Ella misma cuenta, con viveza y un toque de sarcasmo, que siempre sintió una especie de desdén por las burocracias negacionistas y la pequeñez de muchos ante las dificultades y los obstáculos, que siempre están presentes. Para ella los problemas se resolvían, las dificultades se superaban, los muros se derruían y sus grandes enemigas eran la estupidez, la soberbia y la autocomplacencia de los egos.
En su autobiografía se aprecia una vida llena de curiosidad, la pasión por lo que se hace, el entusiasmo por lo desconocido, la ilusión de cada nuevo proyecto, la esperanza en las generaciones que vienen y el deseo de mantenerse activa, lo que logró prácticamente hasta su muerte. A pesar de estar sorda y casi ciega, decía: el cuerpo se deteriora, pero la mente, mi mente, sigue funcionando. Un dato totalmente verificable es que Rita Levi Montalcini acudía a su laboratorio todos los días, muchos meses después de que cumplió los cien años.
Y por si lo anterior pareciera poco, en su intensa vida desempeñó el cargo de senadora vitalicia en Italia y con sus propios recursos estableció una fundación para impulsar a niñas africanas a estudiar. Fue, además, una espléndida divulgadora de la ciencia y una incansable promotora de que las mujeres participaran en todas las disciplinas científicas.
Su vida fue ejemplo de un amplio y militante feminismo. Viendo la sujeción y total subordinación de su madre a la voluntad del padre, decidió —muy joven— no casarse y no tener hijos, para escapar del asfixiante patriarcado que controlaba todas las relaciones sociales, económicas y políticas.
Así que, si tienen algo de curiosidad por la biografía de una de las mentes más brillantes del siglo XX, anímense a leer la autobiografía de una perfecta imperfecta. Conozcan cuáles fueron sus más importantes batallas en todas las etapas de su vida, su firme defensa de su revolucionario descubrimiento, el “factor de crecimiento neuronal”, su lucha contra el desprecio y el escepticismo de los neurobiólogos, sus pares, que sin entender la descalificaban. Lean un testimonio de primera mano y clara inteligencia sobre sus vivencias en la adolescencia, sobre el fascismo y la guerra. Sigan con los motivos de su emigración a los Estados Unidos y acompáñenla en su regreso a Italia, donde con el apoyo del gobierno fundó el famoso European Brain Research Institute.
El libro se titula Elogio de la imperfección, porque ella sostenía que prefería cien veces la imperfección en la vida y también en el trabajo, que la aparente perfección que obligaba a elegir entre una y otro. Rita Leví Montalcini no soportaba la estupidez, era exigente, directa y rotunda. Era belicosa ante la ignorancia e impaciente con los que creían saber y carecían de argumentos.
Con ironía, conocimientos sólidos y pasión enfrentó, muchas veces, el pensamiento primitivo y básico, producto de “…el cerebro límbico, el hemisferio derecho, que no ha tenido un desarrollo funcional y que, desgraciadamente, predomina”. Con frecuencia repetía que el cerebro humano tenía dos hemisferios, uno arcaico que gobierna nuestros instintos y emociones y otro más joven en el que reside nuestra capacidad de razonar. Con pesar observaba que con mucha frecuencia era el arcaico el dominante y la causa de todas las tragedias humanas: “Los regímenes totalitarios de Mussolini, Hitler y Stalin convencieron a las poblaciones con ese raciocinio, que es puro instinto y surge en el origen de la vida de los vertebrados, pero que no tiene que ver con la razón”.

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